Mario Briceño-Iragorry, ese compatriota nuestro, historiador positivista, cuya obra bibliográfica no me cansaré de promover, en función de su lectura reflexiva, en un libro suyo, describió las andanzas de un perverso malandrín de inicios del siglo XIX, llamado Antonio Fernández de León.
Ahora que se aproxima el Bicentenario del 19 de abril de 1810, sería interesante que uno, como curioso del oficio, así como otras personas amigas, con acreditada especialización, les acerquemos información a nuestros caros lectores sobre un conjunto de personajes olvidados e ignorados, que vivieron aquellos hechos.
Tal es el caso de Antonio Fernández de León, que fue recogido bajo la hermosa escritura de Mario Briceño-Iragorry, en su libro “Casa León y su tiempo”, editado en 1946.
¿Alguno de nosotros se ha preguntado el antes y el después de aquellos históricos acontecimientos, que dieron origen a nuestra República? Pero en interioridades como, ¿quién delató a Manuel Gual y a José María España, e incluso tuvo participación directa en sus martirios? ¿Quién, en 1808, se adelanta al 19 de abril, con fines personalistas, “protestando a favor de los derechos de Fernando VII”? ¿Qué papel jugó José Joaquín Cortés de Madariaga, más allá de su sotana y de “su dedo inducidor”? ¿Cómo terminan su vida figuras tan importantes de ese día, como Juan Germán Roscio, por ejemplo?
Mariano Picón Salas, en el prólogo de esa primera edición de 1946, sostiene que Casa León dejó de ser un personaje para convertirse en una clase social, la del traidor consumado: traiciona al Rey, para cortejar a Miranda; traiciona a Miranda, para cortejar a Monteverde; traiciona a Monteverde, para cortejar a Bolívar; traiciona a Bolívar, para cortejar a Boves, “y de Boves trata de pasarse a Páez, a no ser porque el astuto llanero ya no necesita de este anciano chapetón cuyo repertorio de mañas se ha agotado en los diez años más tormentosos de nuestra vida republicana”. ¿Para qué Páez iba a necesitar de Casa León, si ya traía consigo a Miguel Peña?
“Casa León y su tiempo”, contiene las actas de las capitulaciones de Miranda y Monteverde, los documentos de las delaciones de Gual y España, y de los revolucionarios firmantes de nuestra Acta de Independencia, con recomendaciones específicas para cada caso; todos terminaron con sus huesos en el Castillo del Morro, en San Juan de Puerto Rico, con cadenas perpetuas, por haber realizado nuestro primer documento republicano. De Casa León fue la traidora mano de estos hechos, así como del último suplicio de nuestro Generalísimo, Francisco de Miranda.
También en este maravilloso libro de don Mario se describe la corrupción administrativa de las rentas de la Colonia y de las primeras rentas de la República incoadas por este fatídico personaje; y de la apropiación de las tierras fértiles del valle de Tapa-Tapa, en el estado Aragua por medio de este mecanismo. Quien hoy día salga del túnel de La Cabrera con dirección a Maracay, una vez haya leído “Casa León y su tiempo”, podrá imaginar con mayor facilidad, cómo 200 años atrás un vagabundo con mil caras falsas, se enriqueció, a través del trabajo esclavo y del robo, de la prosperidad de esos predios.
Si inferirnos, como Mariano Picón Salas, que Casa León es una clase social, entonces el libro nos permitirá identificar a nuestro personaje más cercano, teniendo mejores herramientas para combatirlo, para desenmascarar sus argucias y reprochar sus mil formas de corromper.
Es una lucha política de nunca acabar, ésa de señalar Casa Leones, pero es apasionante, educativa y aleccionadora.
lunes, 22 de febrero de 2010
El nuevo cierre, según Yorman de Jesús
El brillante aedo guanariteño este domingo 31 de enero, casi que instantáneamente, respondió a mi artículo “El nuevo cierre” del pasado miércoles 27 de enero, arrogándose una destemplada vocería, que me servirá para agregarle nuevos elementos al tema.
Para los caros lectores de este espacio, sobre todo a aquellos que sean menores de 35 años de edad, y a aquellos que recién estén fijando su residencia en Portuguesa, y no conocen bien al personaje, les adelanto que es un buen amigo mío: Yorman de Jesús Tovar.
Amistad que se ha concretado gracias a la vocación que ambos sentimos por las letras y por el paladeo –ahora no con la misma frecuencia de antes− de algún escocés, o de un frío y espumoso elíxir amarillento, como proclama fiel del más insolitista de los hedonismos. Amistad que para nada ha sido impedimento a la hora de dirimir en público alguna interpretación política, de las que permanente y diametralmente opuestas tenemos, pues, como es bien sabido, él es un hombre de derecha, y yo soy un hombre de izquierda.
Además de necesario el debate, sirve para colocar en perspectiva posturas y planteamientos, ante un tiempo histórico que exige definiciones.
No sé si Yorman de Jesús se habrá dado cuenta de ello, pero la agresividad y maledicencia del lenguaje que usa, lo direcciona de la derecha a un fascismo recalcitrante del que no tendrá retorno alguno, le anula toda expresividad y belleza literarias que su prodigiosa inteligencia es capaz de dar, y lo convierte en un hombre solo y amargado, presa fácil de la disociación psicótica, que no me cansaré de denunciar.
La propia derecha portugueseña no le ha permitido −y nunca le permitirá− un espacio, pues su escritura rinde muy pocos aportes a los intereses que ésta busca. Ni siquiera puede aplicársele la categoría de “intelectual orgánico” creada por Gramsci, puesto que, exceptuando a Iván Colmenares y a Ricardo Gutiérrez, la derecha en Portuguesa apenas sabe leer y escribir, como para meterse en el tremendo esfuerzo que implica razonar la política como ciencia. Un letrado poco eficiente sirviendo a un pocotón de bichos que raras veces leen. Trágico papel.
Me imagino la terrible contradicción que debe existir entre la pluma del sibarita y nocherniego autor de «Maldigo el amor y lo sigo amando», digna del mayor elogio con la copa alzada, a la caza de amoríos furtivos y al acecho de encomiables aventuras; en contraste con el vetusto planteamiento conservador, ahistórico y achacoso, del columnista dominguero, lleno de odio y teniendo por toda compañía la soledad de sí mismo. Como dice el genial poeta Orlando Pichardo, “la poesía no admite ni hace trampas”. Ojalá el poeta venza en esta lucha interna.
¿Tú estás consciente de lo que defiendes, Yorman de Jesús?
Te confieso que para nada hacen mella en mí tus calificativos de “lacayo”, “marioneta” y “loro repetidor”, que de manera indirecta me haces, tampoco los insultos y descalificaciones con los que “acribillas” a la dirigencia del chavismo (léase, sabandijas, rábulas, títeres, etc.), a la cual tú acudes, por carecer de una argumentación política sólida para convencer.
En cambio, sí, me lastima mucho cuando agredes al pueblo.
En otros artículos tuyos he visto cómo dañas a tu propia gente, Yorman de Jesús, al pueblo, al que perteneces. Cuando les dices “focas”, “pendejos franelas rojas”, o cuando te burlas de ellos, porque van a comprar comida en las redes “Mercal” y “Pdval”. Precisamente tú, que no eres propietario de ningún medio de producción; que, como yo, eres despreciado por la pequeña burguesía agrícola de este estado; tú que has visto a cuántas madres deslomarse, envejecerse, trabajando, sin ninguna protección social y laboral, para que sus hijos estudien en una universidad, “y sean alguien en la vida”. Ése es el pueblo, Yorman de Jesús, la gente trabajadora, que desde la madrugada, con su trabajo, nos da alma y valor, sentido y corazón, para seguir escribiendo. No cantes a quienes quieren perpetuar ese estado de servidumbre. ¡Cántale al pueblo, carajo!
En cierto modo le hallo razón a la derecha portugueseña cuando esgrime que tus escritos no la ayuda, pues con semejante columnista jamás recuperarán las bases sociales que una vez le pertenecieron.
Ese canal de televisión que defiendes, “esa (presunta) ventana cultural”, ha llevado la más absoluta prostitución a los hogares venezolanos, a la sociedad venezolana. La programación que reseñas se hizo cuando William H. Phepls y Amable Espina aún vivían, y los capitales colombianos ni siquiera pensaban aparecer en la planta televisiva, con toda su secuela de podredumbre. Yorman de Jesús, en esos espadazos, le hablaste fue a personas que están por encima de 40 años. Diles a esas mismas personas qué piensan de “Ají Picante”.
Ese tipejo llamado Marcel Granier, “quien está hecho de una pasta diferente”, es tan racista y elitesco, que si se llega a enterar que un escritor de hermosas glosas lo ha defendido, pero que aparte, ese escritor de hermosas glosas es de origen pobre y campesino, y encima negro (Y acordaos que “Negro es un bello color”), será tan grande su repulsión, que en realidad comprenderás que él sí está hecho de una pasta diferente. Dura comprobación.
Para ir finalizando, te recomiendo la lectura bien detenida, del artículo Nº 2, del decreto presidencial Nº 1577, publicado, en Gaceta Oficial Nº 33.726, el 27 de mayo de 1987, donde el presidente de la República de entonces, Jaime Lusinchi (Ojo, no es Hugo Chávez), determina el destino de los bienes que se obtengan producto del usufructo del espectro radioeléctrico por la concesión que a 20 años se otorgaba a ese canal. Ese artículo no se cumplió, al momento en que se hizo efectivo el no otorgamiento de la concesión. Y tú afirmas, “con los aparatos robados al canal”. Creo eso es lo más grave de todas las cosas que dices.
¡Salud, poeta!
Para los caros lectores de este espacio, sobre todo a aquellos que sean menores de 35 años de edad, y a aquellos que recién estén fijando su residencia en Portuguesa, y no conocen bien al personaje, les adelanto que es un buen amigo mío: Yorman de Jesús Tovar.
Amistad que se ha concretado gracias a la vocación que ambos sentimos por las letras y por el paladeo –ahora no con la misma frecuencia de antes− de algún escocés, o de un frío y espumoso elíxir amarillento, como proclama fiel del más insolitista de los hedonismos. Amistad que para nada ha sido impedimento a la hora de dirimir en público alguna interpretación política, de las que permanente y diametralmente opuestas tenemos, pues, como es bien sabido, él es un hombre de derecha, y yo soy un hombre de izquierda.
Además de necesario el debate, sirve para colocar en perspectiva posturas y planteamientos, ante un tiempo histórico que exige definiciones.
No sé si Yorman de Jesús se habrá dado cuenta de ello, pero la agresividad y maledicencia del lenguaje que usa, lo direcciona de la derecha a un fascismo recalcitrante del que no tendrá retorno alguno, le anula toda expresividad y belleza literarias que su prodigiosa inteligencia es capaz de dar, y lo convierte en un hombre solo y amargado, presa fácil de la disociación psicótica, que no me cansaré de denunciar.
La propia derecha portugueseña no le ha permitido −y nunca le permitirá− un espacio, pues su escritura rinde muy pocos aportes a los intereses que ésta busca. Ni siquiera puede aplicársele la categoría de “intelectual orgánico” creada por Gramsci, puesto que, exceptuando a Iván Colmenares y a Ricardo Gutiérrez, la derecha en Portuguesa apenas sabe leer y escribir, como para meterse en el tremendo esfuerzo que implica razonar la política como ciencia. Un letrado poco eficiente sirviendo a un pocotón de bichos que raras veces leen. Trágico papel.
Me imagino la terrible contradicción que debe existir entre la pluma del sibarita y nocherniego autor de «Maldigo el amor y lo sigo amando», digna del mayor elogio con la copa alzada, a la caza de amoríos furtivos y al acecho de encomiables aventuras; en contraste con el vetusto planteamiento conservador, ahistórico y achacoso, del columnista dominguero, lleno de odio y teniendo por toda compañía la soledad de sí mismo. Como dice el genial poeta Orlando Pichardo, “la poesía no admite ni hace trampas”. Ojalá el poeta venza en esta lucha interna.
¿Tú estás consciente de lo que defiendes, Yorman de Jesús?
Te confieso que para nada hacen mella en mí tus calificativos de “lacayo”, “marioneta” y “loro repetidor”, que de manera indirecta me haces, tampoco los insultos y descalificaciones con los que “acribillas” a la dirigencia del chavismo (léase, sabandijas, rábulas, títeres, etc.), a la cual tú acudes, por carecer de una argumentación política sólida para convencer.
En cambio, sí, me lastima mucho cuando agredes al pueblo.
En otros artículos tuyos he visto cómo dañas a tu propia gente, Yorman de Jesús, al pueblo, al que perteneces. Cuando les dices “focas”, “pendejos franelas rojas”, o cuando te burlas de ellos, porque van a comprar comida en las redes “Mercal” y “Pdval”. Precisamente tú, que no eres propietario de ningún medio de producción; que, como yo, eres despreciado por la pequeña burguesía agrícola de este estado; tú que has visto a cuántas madres deslomarse, envejecerse, trabajando, sin ninguna protección social y laboral, para que sus hijos estudien en una universidad, “y sean alguien en la vida”. Ése es el pueblo, Yorman de Jesús, la gente trabajadora, que desde la madrugada, con su trabajo, nos da alma y valor, sentido y corazón, para seguir escribiendo. No cantes a quienes quieren perpetuar ese estado de servidumbre. ¡Cántale al pueblo, carajo!
En cierto modo le hallo razón a la derecha portugueseña cuando esgrime que tus escritos no la ayuda, pues con semejante columnista jamás recuperarán las bases sociales que una vez le pertenecieron.
Ese canal de televisión que defiendes, “esa (presunta) ventana cultural”, ha llevado la más absoluta prostitución a los hogares venezolanos, a la sociedad venezolana. La programación que reseñas se hizo cuando William H. Phepls y Amable Espina aún vivían, y los capitales colombianos ni siquiera pensaban aparecer en la planta televisiva, con toda su secuela de podredumbre. Yorman de Jesús, en esos espadazos, le hablaste fue a personas que están por encima de 40 años. Diles a esas mismas personas qué piensan de “Ají Picante”.
Ese tipejo llamado Marcel Granier, “quien está hecho de una pasta diferente”, es tan racista y elitesco, que si se llega a enterar que un escritor de hermosas glosas lo ha defendido, pero que aparte, ese escritor de hermosas glosas es de origen pobre y campesino, y encima negro (Y acordaos que “Negro es un bello color”), será tan grande su repulsión, que en realidad comprenderás que él sí está hecho de una pasta diferente. Dura comprobación.
Para ir finalizando, te recomiendo la lectura bien detenida, del artículo Nº 2, del decreto presidencial Nº 1577, publicado, en Gaceta Oficial Nº 33.726, el 27 de mayo de 1987, donde el presidente de la República de entonces, Jaime Lusinchi (Ojo, no es Hugo Chávez), determina el destino de los bienes que se obtengan producto del usufructo del espectro radioeléctrico por la concesión que a 20 años se otorgaba a ese canal. Ese artículo no se cumplió, al momento en que se hizo efectivo el no otorgamiento de la concesión. Y tú afirmas, “con los aparatos robados al canal”. Creo eso es lo más grave de todas las cosas que dices.
¡Salud, poeta!
El nuevo cierre
Hay palabras y frases que, por su aparente sutilidad e inocencia, la oposición venezolana y sus socios mediáticos usan, buscando un fin distinto al que éstas explícitamente proponen. Es un uso por lo general, bastardo. Si no fuese por la secuela psicótica y disociadora que ellos dejan en un segmento –por fortuna cada vez más pequeño− de nuestra población, y por la seriedad clínica que revestirá encarar su recuperación algún día, resultaría divertido oír a aquellos hablar de “nuevo cierre”, ante la bravuconada de RCTV de no ceñirse a la ordenación legal que rige su actividad social y comercial. Recalco, su actividad social y comercial. No su actividad política. Ésta última no está especificada en sus registros y permisología, por la cual, violando su naturaleza empresarial y asumiendo roles reservados a los políticos, han hecho punto de honor, sin lógica alguna ni sustento jurídico.
¿Cómo puede volverse a cerrar algo que ya “estaba cerrado”? ¿Cómo entender eso de “nuevo cierre”? ¡Alguien está mintiendo! Pareciera un avezado trabalenguas, en el cual Sócrates haría delicias desentrañando sus argucias y su ética en un diálogo de nunca acabar, sino fuese porque el contenido engañoso es tan evidente que no amerita siquiera una disquisición.
La Norma Técnica sobre los Servicios de Producción Nacional Audiovisual de Conatel califica que un canal de televisión por suscripción es nacional cuando el 70%, o más, de su programación es producida en el país. En consecuencia, el canal de televisión por suscripción calificado, por este mecanismo legal como tal, deberá cumplir con todo lo establecido en la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión. Y la programación de RCTV es nada más y nada menos que 94% de producción nacional.
La exigencia del Estado venezolano es el fiel cumplimiento a dicha legislación para poder operar.
Pero el tema sirve a propósitos políticos.
Se argumenta que es únicamente para obligar a RCTV plegarse a las cadenas presidenciales, lo cual constituye una verdad a medias. Dentro de la exigencia está ello, pero su ámbito es mayor. También se le exige, como canal de televisión nacional, el respeto a los tipos de programas, elementos clasificados, transmisión de mensajes oficiales de interés colectivo y la difusión del himno nacional, entre los demás articulados de la ley.
Bajo el rótulo de canal internacional se burlaba la normativa y, aparte de los continuos y enloquecidos llamados al desconocimiento de la Constitución en sus programas de opinión, transmitían escenas de sexo y violencia sin importar el horario, sin importar que pudiesen estar niños viendo toda esa basura de degradación social en las horas que la ley reserva para ellos.
¿Por qué no se dice también que de 286 canales internacionales, 164 de éstos consignaron su documentación ante Conatel, y fueron calificados como Productores Nacionales Internacionales, y que el resto se presumen sean Productores Nacionales Audiovisuales, que estaban bajo esa adscripción “de internacional”? ¿Por qué no dicen que Conatel, además de RCTV, está notificando también a 81 canales de televisión más que no presentaron su documentación? ¿Por qué unos pudieron y otros no? ¿Por qué RCTV se niega a cumplir la ley?
Los antecedentes recientes de esta planta televisiva nos dan un panorama. La concesión por veinte años, otorgada durante el vergonzoso oscurantismo lusinchista, para el uso del espectro radioeléctrico del país, que venció el 27 de mayo de 2007, el Estado venezolano bien pudo habérsela renovado. Sólo que, es bueno recordarlo, las constantes violaciones a la ley, la promoción de la violencia, del golpe de Estado de abril de 2002, del paro petrolero y del desprecio de clase hacia los pobres de Venezuela, a los que recurrieron, fueron sustanciando un legajo por el cual el Estado venezolano optó por la no renovación de dicha concesión.
Sin embargo, se les permitió salir por cable, para que siguieran haciendo lo que antes hacían por señal abierta. Y aún así, Diosdado Cabello, hoy les indica que si ajustan su programación a las exigencias, a la Norma Técnica y presentan su documentación, perfectamente pueden volver a salir por las cableras.
Lo que pasa es que han gritado tanto −y han luchado tanto− por el “nuevo cierre”, que no escuchan al ministro señalándoles la única salida que tienen.
¿Cómo puede volverse a cerrar algo que ya “estaba cerrado”? ¿Cómo entender eso de “nuevo cierre”? ¡Alguien está mintiendo! Pareciera un avezado trabalenguas, en el cual Sócrates haría delicias desentrañando sus argucias y su ética en un diálogo de nunca acabar, sino fuese porque el contenido engañoso es tan evidente que no amerita siquiera una disquisición.
La Norma Técnica sobre los Servicios de Producción Nacional Audiovisual de Conatel califica que un canal de televisión por suscripción es nacional cuando el 70%, o más, de su programación es producida en el país. En consecuencia, el canal de televisión por suscripción calificado, por este mecanismo legal como tal, deberá cumplir con todo lo establecido en la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión. Y la programación de RCTV es nada más y nada menos que 94% de producción nacional.
La exigencia del Estado venezolano es el fiel cumplimiento a dicha legislación para poder operar.
Pero el tema sirve a propósitos políticos.
Se argumenta que es únicamente para obligar a RCTV plegarse a las cadenas presidenciales, lo cual constituye una verdad a medias. Dentro de la exigencia está ello, pero su ámbito es mayor. También se le exige, como canal de televisión nacional, el respeto a los tipos de programas, elementos clasificados, transmisión de mensajes oficiales de interés colectivo y la difusión del himno nacional, entre los demás articulados de la ley.
Bajo el rótulo de canal internacional se burlaba la normativa y, aparte de los continuos y enloquecidos llamados al desconocimiento de la Constitución en sus programas de opinión, transmitían escenas de sexo y violencia sin importar el horario, sin importar que pudiesen estar niños viendo toda esa basura de degradación social en las horas que la ley reserva para ellos.
¿Por qué no se dice también que de 286 canales internacionales, 164 de éstos consignaron su documentación ante Conatel, y fueron calificados como Productores Nacionales Internacionales, y que el resto se presumen sean Productores Nacionales Audiovisuales, que estaban bajo esa adscripción “de internacional”? ¿Por qué no dicen que Conatel, además de RCTV, está notificando también a 81 canales de televisión más que no presentaron su documentación? ¿Por qué unos pudieron y otros no? ¿Por qué RCTV se niega a cumplir la ley?
Los antecedentes recientes de esta planta televisiva nos dan un panorama. La concesión por veinte años, otorgada durante el vergonzoso oscurantismo lusinchista, para el uso del espectro radioeléctrico del país, que venció el 27 de mayo de 2007, el Estado venezolano bien pudo habérsela renovado. Sólo que, es bueno recordarlo, las constantes violaciones a la ley, la promoción de la violencia, del golpe de Estado de abril de 2002, del paro petrolero y del desprecio de clase hacia los pobres de Venezuela, a los que recurrieron, fueron sustanciando un legajo por el cual el Estado venezolano optó por la no renovación de dicha concesión.
Sin embargo, se les permitió salir por cable, para que siguieran haciendo lo que antes hacían por señal abierta. Y aún así, Diosdado Cabello, hoy les indica que si ajustan su programación a las exigencias, a la Norma Técnica y presentan su documentación, perfectamente pueden volver a salir por las cableras.
Lo que pasa es que han gritado tanto −y han luchado tanto− por el “nuevo cierre”, que no escuchan al ministro señalándoles la única salida que tienen.
Cuando racionar ayuda a razonar
El fenómeno climatológico conocido como «El Niño», que prácticamente ha sometido a Venezuela a tres períodos de sequía continuos; y las distintas cuestiones de orden doméstico, que no se pueden evadir al abordar su problema eléctrico, son eslabones resultantes de un modelo de vida, que hoy tiene al mundo ante la cruda realidad de su extinción.
En un poco más de cien años hemos consumido y destruido los bienes que la naturaleza tardó millones de años en crear.
La iniciativa humana, aquella que por voluntad propia recorrió territorios inimaginables y los pobló; aquella cuya inteligencia proveyó de métodos y técnicas −cada vez más avasallantes, más sofisticadas− a su desarrollo; aquella que con arte, tocó las más sensibles fibras de la belleza, y que con ciencia, elevó su condición y ser a estadios asombrosos, ahora se muestra incapaz de revertir las consecuencias de su audacia, de su aventura indetenible.
En el sistema de producción capitalista está el origen del desastre ambiental y del desequilibrio climático que padecemos, y en su modelo de vida está la lógica irracional que nos impide la concreción de soluciones, incluso en situaciones aisladas y específicas, como el ámbito geográfico de un determinado país.
Si los Estados Unidos, y su american way of life, con el 5% de la población mundial consumen el 25% de toda la energía que se produce en el planeta, se puede inferir con facilidad la inviabilidad de su hegemonía capitalista. No son un ejemplo para alguien. Su ética, como carga colectiva, modela el despilfarro y la falta de escrúpulos; su moral, como principio individual, manifiesta un profundo desprecio por el ser humano. El llamado primer mundo, representado en una docena de países –que se consumen un 60% de la energía producida−, es sólo un reflejo cómplice de un sistema de producción que amerita ser erradicado, o desapareceremos inexorablemente como especie, y con nosotros desaparecerán también las demás formas de vida que nos acompañan.
Venezuela, y su decidida opción por construir el socialismo, se abren paso en ese dramático cuadro, que nos afecta en sus diversos aspectos.
El pasado período lluvioso, por los efectos del fenómeno climatológico «El Niño» se convirtió en período de sequía, limitando el caudal de nuestros afluentes en el Alto Caroní, lo que, a su vez, incide en la capacidad de nuestro más importante embalse hidroeléctrico, ubicado en su parte intermedia. En Guri se produce el 70% de la energía eléctrica que se consume en el país, y el nivel de sus aguas se está reduciendo a razón de 10 centímetros diarios, en detrimento de la generación eléctrica, hecho real que enciende las alarmas, máxime aún cuando faltan cien días para que se inicie el período lluvioso correspondiente a este año.
Este punto del racionamiento eléctrico es una magnífica oportunidad para que el país todo se integre alrededor de un aspecto de común afectación. Sin embargo, la politiquería, y su odio como praxis, no permiten divisar al país y a sus más caros intereses en este delicado escenario, sino al enano provecho que se obtiene de la migaja logrera, el oportunismo ramplón y la cobardía apátrida.
El comunicado publicado este domingo 17 de enero por los socios mediáticos de la oposición venezolana, en el cual ésta última “exige el cese inmediato del racionamiento eléctrico”, no es más que otra irresponsabilidad, de las tantas cometidas en contra de la patria.
Los once pedacitos de la llamada Mesa de la Unidad Democrática –que juntos no llegan a un 15% electoral−, plantean allí que es “discriminatorio” con los demás ciudadanos y regiones de Venezuela el trato dispensado a la ciudad de Caracas por no aplicársele recortes de energía, donde hay un metro que funciona con electricidad y moviliza a más de dos millones de personas, y un sistema de semáforos que de fallar provocarían un colapso brutal. Es estúpido el planteamiento, y se le ven las aviesas costuras de su fin. ¿Qué pretenden? ¿Volver al país en contra de Caracas? Y proponen dos brillantes soluciones: un nuevo racionamiento, “acordado con los ciudadanos” y adelantar una hora el huso horario legal, “para aprovechar mejor la luz solar”. Por cierto, ésta última propuesta ya se hizo en el 2007, con la infaltable oposición acérrima de ellos.
Es vital entender y colaborar con el racionamiento eléctrico, ser consciente que sólo con la unidad nacional superaremos la contingencia. Si visualizamos su importancia en este tiempo de carencia, crearemos disciplina y manejo correcto, para cuando vengan las mejores bonanzas; no quedarnos sólo allí, aplicarlo en renglones valiosos como el agua, los alimentos y los recursos monetarios.
Racionar en los momentos difíciles, ayuda razonar y valorar lo que se tiene, en todos los tiempos y en todos los espacios.
En un poco más de cien años hemos consumido y destruido los bienes que la naturaleza tardó millones de años en crear.
La iniciativa humana, aquella que por voluntad propia recorrió territorios inimaginables y los pobló; aquella cuya inteligencia proveyó de métodos y técnicas −cada vez más avasallantes, más sofisticadas− a su desarrollo; aquella que con arte, tocó las más sensibles fibras de la belleza, y que con ciencia, elevó su condición y ser a estadios asombrosos, ahora se muestra incapaz de revertir las consecuencias de su audacia, de su aventura indetenible.
En el sistema de producción capitalista está el origen del desastre ambiental y del desequilibrio climático que padecemos, y en su modelo de vida está la lógica irracional que nos impide la concreción de soluciones, incluso en situaciones aisladas y específicas, como el ámbito geográfico de un determinado país.
Si los Estados Unidos, y su american way of life, con el 5% de la población mundial consumen el 25% de toda la energía que se produce en el planeta, se puede inferir con facilidad la inviabilidad de su hegemonía capitalista. No son un ejemplo para alguien. Su ética, como carga colectiva, modela el despilfarro y la falta de escrúpulos; su moral, como principio individual, manifiesta un profundo desprecio por el ser humano. El llamado primer mundo, representado en una docena de países –que se consumen un 60% de la energía producida−, es sólo un reflejo cómplice de un sistema de producción que amerita ser erradicado, o desapareceremos inexorablemente como especie, y con nosotros desaparecerán también las demás formas de vida que nos acompañan.
Venezuela, y su decidida opción por construir el socialismo, se abren paso en ese dramático cuadro, que nos afecta en sus diversos aspectos.
El pasado período lluvioso, por los efectos del fenómeno climatológico «El Niño» se convirtió en período de sequía, limitando el caudal de nuestros afluentes en el Alto Caroní, lo que, a su vez, incide en la capacidad de nuestro más importante embalse hidroeléctrico, ubicado en su parte intermedia. En Guri se produce el 70% de la energía eléctrica que se consume en el país, y el nivel de sus aguas se está reduciendo a razón de 10 centímetros diarios, en detrimento de la generación eléctrica, hecho real que enciende las alarmas, máxime aún cuando faltan cien días para que se inicie el período lluvioso correspondiente a este año.
Este punto del racionamiento eléctrico es una magnífica oportunidad para que el país todo se integre alrededor de un aspecto de común afectación. Sin embargo, la politiquería, y su odio como praxis, no permiten divisar al país y a sus más caros intereses en este delicado escenario, sino al enano provecho que se obtiene de la migaja logrera, el oportunismo ramplón y la cobardía apátrida.
El comunicado publicado este domingo 17 de enero por los socios mediáticos de la oposición venezolana, en el cual ésta última “exige el cese inmediato del racionamiento eléctrico”, no es más que otra irresponsabilidad, de las tantas cometidas en contra de la patria.
Los once pedacitos de la llamada Mesa de la Unidad Democrática –que juntos no llegan a un 15% electoral−, plantean allí que es “discriminatorio” con los demás ciudadanos y regiones de Venezuela el trato dispensado a la ciudad de Caracas por no aplicársele recortes de energía, donde hay un metro que funciona con electricidad y moviliza a más de dos millones de personas, y un sistema de semáforos que de fallar provocarían un colapso brutal. Es estúpido el planteamiento, y se le ven las aviesas costuras de su fin. ¿Qué pretenden? ¿Volver al país en contra de Caracas? Y proponen dos brillantes soluciones: un nuevo racionamiento, “acordado con los ciudadanos” y adelantar una hora el huso horario legal, “para aprovechar mejor la luz solar”. Por cierto, ésta última propuesta ya se hizo en el 2007, con la infaltable oposición acérrima de ellos.
Es vital entender y colaborar con el racionamiento eléctrico, ser consciente que sólo con la unidad nacional superaremos la contingencia. Si visualizamos su importancia en este tiempo de carencia, crearemos disciplina y manejo correcto, para cuando vengan las mejores bonanzas; no quedarnos sólo allí, aplicarlo en renglones valiosos como el agua, los alimentos y los recursos monetarios.
Racionar en los momentos difíciles, ayuda razonar y valorar lo que se tiene, en todos los tiempos y en todos los espacios.
domingo, 21 de febrero de 2010
El desaliento como táctica y otras menudencias
«Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza»
Simón Bolívar
15 de febrero de 1819
«Tonto es aquel que piensa que la demás gente es tonta», es un juicio certero y sentencioso que a diario esgrime nuestro pueblo a modo de blindarse, aprendido sobre su propia experiencia, y demuestra para qué sirve el ingenioso antídoto de sus poderes creadores(*); mezcla de sintagma y apotegma, de descripción narrativa circular, fácil entendimiento y rápida síntesis, que desmonta las perversas manipulaciones de información y las elaboraciones ajenas a nuestro arraigo, que con tales y cuales la oposición venezolana y sus socios mediáticos pretenden, a través de nuestra quiebra moral, volver a dirigirnos.
Nuestro pueblo defiende su esperanza y su porvenir, y sabe que en su historia y en su cultura están las claves políticas que jamás permitirán su derrota, y menos que sobre sus hombros se abalance un nuevo coloniaje.
Una de esas elaboraciones que menos se parece a nosotros y que más han utilizado para desconfigurarnos, es la del desaliento. Transmitir, transmitir desaliento a toda costa. El uso de esta elaboración ha sido tan, pero tan abusivo, que por parte de ellos mereceríamos como mínimo de una disculpa. La realidad los hace fracasar una y otra vez, y son tan contumaces que persisten; el alto nivel de disociación psicótica que poseen los ha llevado a “fabricarse” otro país, con otra gente, sus propias estadísticas, su idiosincrasia, su territorio y sus bienes; afortunadamente a estas dos últimas ficciones no pueden vender, como hubieran querido vender también, sino fuese porque en el capital la mercancía a comprarse debe ser tangible; es decir, expresarse en un valor material e intercambiable.
Se necesita no conocer un ápice la historia de Venezuela y al venezolano como tal, como para proponer al desaliento como táctica, dentro de una estrategia que implique su dominación política y el usufructo de sus riquezas, en provecho del sistema capitalista mundial. Se necesita además no tener patria para servirle de cipayo a esos intereses, que en nada tienen que ver con nosotros.
No se tiene registro que en el tiempo inmemorial precolombino sobre estas tierras haya habido reinado indio alguno, sólo rebeldía y liderazgo de pueblos libres; luego resistencia y mestizaje, pero nunca entrega. En el período de la colonia fuimos lejana capitanía general, propicia para el trabajo esclavo brutal y embrutecedor, así como para el inicio de nuestras indómitas cimarronadas levantiscas; uno como causa y las otras como efecto, ambas, simbiosis entrópica, constituyen un legado que no admite resignación ni olvido. En el período de independencia y ahora en la república siempre hemos sido río desbordado y no redil; siempre hemos sido generosidad oportuna a algún hermano, sin facturas qué cobrar al menor chance; siempre hemos sido libertad, y libertad es un elevado estadio político de convivencia, sin estrategias de dominación, tácticas de desaliento, ni servilismos apátridas.
Basta sólo con ojear un periódico, oír la radio, ver la televisión o abrir el internet, para que nos salte encima esa poderosísima avalancha cuyo objetivo final es destruir al país, mediante nuestra desmoralización y reducción a nada. Para este juego se prestan toda una caterva de peones con la falsa ilusión de que si llegasen a lograr su propósito, ellos dirigirían lo que llaman la reconstrucción, en el papel de reina, olvidando que son ínfimas piezas de un ajedrez mayor que ni siquiera está dentro del país, olvidando que sirven a un poder con sede en los centros capitalistas del mundo que los desprecia profundamente, no menos con razón.
En diciembre de 2008, me topé en la ciudad de México con algunos venezolanos que a niveles medios participaron en el paro petrolero de diciembre de 2002 y febrero de 2003. Trabajan para contratistas prestatarias de servicios a las grandes firmas petroleras, son subcontratados y no son bien vistos por el imperio de las Siete Hermanas. El axioma es bien claro, “si usted atentó contra su propia empresa, quién garantiza que no intente hacer lo mismo con una que no es suya”. “Si usted atentó contra su propio país”, agregaría yo. Son tan imbéciles que se consideran con suerte, yacen en un desaliento nostálgico y, al menos en esa fecha, no habían hecho aún la revisión retrospectiva espiritual que todos nos hacemos alguna vez en la vida ante nuestras acciones. Para ese entonces ni siquiera se habían dado por enterado de la vil utilización de la que fueron objeto: son los propios estúpidos.
No hay un solo punto en que la oposición venezolana y sus socios mediáticos se encuentren, no con el chavismo, con el país. Aducen cualquier barbaridad para descalificar todo lo que se hace, desconocen que hay un país real que vibra, que vive, que sueña, y al cual ellos una vez pertenecieron. Se hacen llamar “sociedad civil” y “sectores democráticos” para no mezclarse con el pueblo y, lo más doloroso, para que no los confundan con el pueblo. La estrategia de dominación, de la que ellos son las primeras víctimas, les ha creado un terrible síndrome de mayoría, que les permite ignorar, o desaparecer como por arte de magia, a 70 años de exclusión social, y plantear como propuesta política al mismo modelo económico que la creó.
Cuando nuestro pueblo dice “tonto es aquel que piensa que la demás gente es tonta”, está apelando al reverso dialéctico de aquel dramático llamado del Libertador Simón Bolívar, en el Discurso de Angostura, “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza”.
No nos contagiarán su desaliento. A todo le tendremos su oportuna respuesta.
***************
(*) El poeta venezolano Aquiles Nazoa fue quien acuñó el feliz concepto. En uno de los versos de su poema «El Credo» dice, “creo en los poderes creadores del pueblo”, para referirse a la sabiduría de nuestra gente, a su más férrea voluntad para salir de las encrucijadas, de las dificultades. La Constitución Nacional de 1999 lo recoge en la primera oración de su preámbulo de la siguiente manera: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana”…
Simón Bolívar
15 de febrero de 1819
«Tonto es aquel que piensa que la demás gente es tonta», es un juicio certero y sentencioso que a diario esgrime nuestro pueblo a modo de blindarse, aprendido sobre su propia experiencia, y demuestra para qué sirve el ingenioso antídoto de sus poderes creadores(*); mezcla de sintagma y apotegma, de descripción narrativa circular, fácil entendimiento y rápida síntesis, que desmonta las perversas manipulaciones de información y las elaboraciones ajenas a nuestro arraigo, que con tales y cuales la oposición venezolana y sus socios mediáticos pretenden, a través de nuestra quiebra moral, volver a dirigirnos.
Nuestro pueblo defiende su esperanza y su porvenir, y sabe que en su historia y en su cultura están las claves políticas que jamás permitirán su derrota, y menos que sobre sus hombros se abalance un nuevo coloniaje.
Una de esas elaboraciones que menos se parece a nosotros y que más han utilizado para desconfigurarnos, es la del desaliento. Transmitir, transmitir desaliento a toda costa. El uso de esta elaboración ha sido tan, pero tan abusivo, que por parte de ellos mereceríamos como mínimo de una disculpa. La realidad los hace fracasar una y otra vez, y son tan contumaces que persisten; el alto nivel de disociación psicótica que poseen los ha llevado a “fabricarse” otro país, con otra gente, sus propias estadísticas, su idiosincrasia, su territorio y sus bienes; afortunadamente a estas dos últimas ficciones no pueden vender, como hubieran querido vender también, sino fuese porque en el capital la mercancía a comprarse debe ser tangible; es decir, expresarse en un valor material e intercambiable.
Se necesita no conocer un ápice la historia de Venezuela y al venezolano como tal, como para proponer al desaliento como táctica, dentro de una estrategia que implique su dominación política y el usufructo de sus riquezas, en provecho del sistema capitalista mundial. Se necesita además no tener patria para servirle de cipayo a esos intereses, que en nada tienen que ver con nosotros.
No se tiene registro que en el tiempo inmemorial precolombino sobre estas tierras haya habido reinado indio alguno, sólo rebeldía y liderazgo de pueblos libres; luego resistencia y mestizaje, pero nunca entrega. En el período de la colonia fuimos lejana capitanía general, propicia para el trabajo esclavo brutal y embrutecedor, así como para el inicio de nuestras indómitas cimarronadas levantiscas; uno como causa y las otras como efecto, ambas, simbiosis entrópica, constituyen un legado que no admite resignación ni olvido. En el período de independencia y ahora en la república siempre hemos sido río desbordado y no redil; siempre hemos sido generosidad oportuna a algún hermano, sin facturas qué cobrar al menor chance; siempre hemos sido libertad, y libertad es un elevado estadio político de convivencia, sin estrategias de dominación, tácticas de desaliento, ni servilismos apátridas.
Basta sólo con ojear un periódico, oír la radio, ver la televisión o abrir el internet, para que nos salte encima esa poderosísima avalancha cuyo objetivo final es destruir al país, mediante nuestra desmoralización y reducción a nada. Para este juego se prestan toda una caterva de peones con la falsa ilusión de que si llegasen a lograr su propósito, ellos dirigirían lo que llaman la reconstrucción, en el papel de reina, olvidando que son ínfimas piezas de un ajedrez mayor que ni siquiera está dentro del país, olvidando que sirven a un poder con sede en los centros capitalistas del mundo que los desprecia profundamente, no menos con razón.
En diciembre de 2008, me topé en la ciudad de México con algunos venezolanos que a niveles medios participaron en el paro petrolero de diciembre de 2002 y febrero de 2003. Trabajan para contratistas prestatarias de servicios a las grandes firmas petroleras, son subcontratados y no son bien vistos por el imperio de las Siete Hermanas. El axioma es bien claro, “si usted atentó contra su propia empresa, quién garantiza que no intente hacer lo mismo con una que no es suya”. “Si usted atentó contra su propio país”, agregaría yo. Son tan imbéciles que se consideran con suerte, yacen en un desaliento nostálgico y, al menos en esa fecha, no habían hecho aún la revisión retrospectiva espiritual que todos nos hacemos alguna vez en la vida ante nuestras acciones. Para ese entonces ni siquiera se habían dado por enterado de la vil utilización de la que fueron objeto: son los propios estúpidos.
No hay un solo punto en que la oposición venezolana y sus socios mediáticos se encuentren, no con el chavismo, con el país. Aducen cualquier barbaridad para descalificar todo lo que se hace, desconocen que hay un país real que vibra, que vive, que sueña, y al cual ellos una vez pertenecieron. Se hacen llamar “sociedad civil” y “sectores democráticos” para no mezclarse con el pueblo y, lo más doloroso, para que no los confundan con el pueblo. La estrategia de dominación, de la que ellos son las primeras víctimas, les ha creado un terrible síndrome de mayoría, que les permite ignorar, o desaparecer como por arte de magia, a 70 años de exclusión social, y plantear como propuesta política al mismo modelo económico que la creó.
Cuando nuestro pueblo dice “tonto es aquel que piensa que la demás gente es tonta”, está apelando al reverso dialéctico de aquel dramático llamado del Libertador Simón Bolívar, en el Discurso de Angostura, “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza”.
No nos contagiarán su desaliento. A todo le tendremos su oportuna respuesta.
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(*) El poeta venezolano Aquiles Nazoa fue quien acuñó el feliz concepto. En uno de los versos de su poema «El Credo» dice, “creo en los poderes creadores del pueblo”, para referirse a la sabiduría de nuestra gente, a su más férrea voluntad para salir de las encrucijadas, de las dificultades. La Constitución Nacional de 1999 lo recoge en la primera oración de su preámbulo de la siguiente manera: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana”…
Mensaje sin destino
Al sumergirme en el tema de la formación de la conciencia social y deleitarme en su abundante bibliografía nacional, me reencontré con Mario Briceño-Iragorry, un valioso escritor nuestro ya fallecido, quien, hoy, salvo en nuestras exquisitas élites intelectuales, es muy poco conocido por la inmensa mayoría del país; y con él, me reencontré también con una interesantísima visión suya al respecto llamada «Mensaje sin destino». Libro pequeño en tamaño y gigante en contenido, publicado en 1951; allí vierte dos conceptos que se cruzan y alimentan entre sí, “la densidad histórica” y “lo permanente venezolano”.
«Mensaje sin destino» no se puede leer solo, como una pieza aislada. R.J. Lovera de Sola, en su prólogo a la quinta edición de Monte Ávila Editores en 1998, recomienda complementarlo, pues “pertenece, dentro del pensamiento venezolano, a la serie de libros producidos en las horas «encrucijadas» de la nación”1. Y propone como complemento, «Manual político del venezolano» del prócer Francisco Javier Yanes; «El personalismo y el legalismo» de Jesús Muñoz Tébar; «El presidente» de Rafael Fernando Seijas; «Mosaico de política y literatura» de Luis López Méndez; «La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana» de Augusto Mijares; «Hacia la democracia» de Carlos Irazábal; y «Venezuela violenta» de Orlando Araujo.
Yo, siguiendo a Lovera de Sola, agregaría a ese listado tan consistente y útil, «Labor venezolanista» de Alberto Adriani; «Servir al pueblo» de Alí Rodríguez Araque; y «La industrialización de Venezuela en el siglo XX» de Orlando Araujo, como para redondear el quid de la cuestión, en esa afanosa y urgente tarea que tenemos de conocernos a nosotros mismos.
Al recomendarse estas magníficas lecturas como estimulante teórico del concepto que don Mario vertiera acerca de “lo permanente venezolano”, y su aparejada conciencia social que forma en consecuencia, se comprueba la existencia, al menos en lo historiográfico, del concepto de “densidad histórica”, del cual él mismo se lamenta en «Mensaje sin destino» por carecerse en la vida cotidiana del venezolano de entonces, de 1951.
Por “densidad histórica” se entiende a la profundidad de la Historia misma en su función de componente raigal en el quehacer de un pueblo y a su necesario conocimiento general por parte de todos y cada uno de sus integrantes; y por “lo permanente venezolano”, al reconocimiento de su herencia consolidada en patria, la cual configura al patrimonio del origen y a la identidad como elemento común integrador en nuestra vida y destino, además de darnos “sitio honorable en el concierto universal de las naciones”2.
Ambos conceptos son esenciales conocerlos y aplicarlos en la formación de nuestra conciencia social como pueblo, como venezolano. Saber de dónde venimos; a qué savia pertenecemos; conocer qué accionar humano y bajo qué circunstancias en un tiempo multiplicado nos hizo historia; por qué tenemos un espacio telúrico que nos da conexión y geografía; y hacia dónde vamos: la conciencia es su amalgama, y el carácter social, determina su preservación, defensa y trascendencia.
El contenido nacionalista en la lectura de Mario Briceño-Iragorry nos marca una ruta en el sentido de desenmascarar a la clase dominante y a sus intereses, a quienes hoy no tardan en aliarse con el enemigo de la patria en pos de algún mendrugo, a pensar el cuerpo nacional como un todo único, a la valoración de nuestro ser patriótico, como magistralmente se logra en otro de sus libros, llamado «Casa León y su tiempo».
A quien lea estas líneas es imperativo acotarle que la interpretación de la historia en Briceño-Iragorry se realiza desde la óptica del positivismo, y que su lectura dentro del período histórico que hoy vive Venezuela, reflejado en su decidida opción por construir el socialismo, exige disgregar en contextos ambas percepciones, en aras de tener bien claro el objetivo que se persigue, y de asimilar con mayor claridad la hora presente.
Son diecisiete ensayos breves los que integran «Mensaje sin destino», pero dejan un cavilar profundo acerca de lo que somos y de lo que hemos sido, y, pese a casi 60 años de haber sido publicados, dan un impulso renovado y renovador al indoblegable espíritu de lucha que todos debemos tener, en la construcción de la patria.
Fuente consultada:
1) «Mensaje sin destino», Mario Briceño-Iragorry, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 5ta. Edición, 1998. Pág. X.
2) Ob. Cit. Pag. 81.
«Mensaje sin destino» no se puede leer solo, como una pieza aislada. R.J. Lovera de Sola, en su prólogo a la quinta edición de Monte Ávila Editores en 1998, recomienda complementarlo, pues “pertenece, dentro del pensamiento venezolano, a la serie de libros producidos en las horas «encrucijadas» de la nación”1. Y propone como complemento, «Manual político del venezolano» del prócer Francisco Javier Yanes; «El personalismo y el legalismo» de Jesús Muñoz Tébar; «El presidente» de Rafael Fernando Seijas; «Mosaico de política y literatura» de Luis López Méndez; «La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana» de Augusto Mijares; «Hacia la democracia» de Carlos Irazábal; y «Venezuela violenta» de Orlando Araujo.
Yo, siguiendo a Lovera de Sola, agregaría a ese listado tan consistente y útil, «Labor venezolanista» de Alberto Adriani; «Servir al pueblo» de Alí Rodríguez Araque; y «La industrialización de Venezuela en el siglo XX» de Orlando Araujo, como para redondear el quid de la cuestión, en esa afanosa y urgente tarea que tenemos de conocernos a nosotros mismos.
Al recomendarse estas magníficas lecturas como estimulante teórico del concepto que don Mario vertiera acerca de “lo permanente venezolano”, y su aparejada conciencia social que forma en consecuencia, se comprueba la existencia, al menos en lo historiográfico, del concepto de “densidad histórica”, del cual él mismo se lamenta en «Mensaje sin destino» por carecerse en la vida cotidiana del venezolano de entonces, de 1951.
Por “densidad histórica” se entiende a la profundidad de la Historia misma en su función de componente raigal en el quehacer de un pueblo y a su necesario conocimiento general por parte de todos y cada uno de sus integrantes; y por “lo permanente venezolano”, al reconocimiento de su herencia consolidada en patria, la cual configura al patrimonio del origen y a la identidad como elemento común integrador en nuestra vida y destino, además de darnos “sitio honorable en el concierto universal de las naciones”2.
Ambos conceptos son esenciales conocerlos y aplicarlos en la formación de nuestra conciencia social como pueblo, como venezolano. Saber de dónde venimos; a qué savia pertenecemos; conocer qué accionar humano y bajo qué circunstancias en un tiempo multiplicado nos hizo historia; por qué tenemos un espacio telúrico que nos da conexión y geografía; y hacia dónde vamos: la conciencia es su amalgama, y el carácter social, determina su preservación, defensa y trascendencia.
El contenido nacionalista en la lectura de Mario Briceño-Iragorry nos marca una ruta en el sentido de desenmascarar a la clase dominante y a sus intereses, a quienes hoy no tardan en aliarse con el enemigo de la patria en pos de algún mendrugo, a pensar el cuerpo nacional como un todo único, a la valoración de nuestro ser patriótico, como magistralmente se logra en otro de sus libros, llamado «Casa León y su tiempo».
A quien lea estas líneas es imperativo acotarle que la interpretación de la historia en Briceño-Iragorry se realiza desde la óptica del positivismo, y que su lectura dentro del período histórico que hoy vive Venezuela, reflejado en su decidida opción por construir el socialismo, exige disgregar en contextos ambas percepciones, en aras de tener bien claro el objetivo que se persigue, y de asimilar con mayor claridad la hora presente.
Son diecisiete ensayos breves los que integran «Mensaje sin destino», pero dejan un cavilar profundo acerca de lo que somos y de lo que hemos sido, y, pese a casi 60 años de haber sido publicados, dan un impulso renovado y renovador al indoblegable espíritu de lucha que todos debemos tener, en la construcción de la patria.
Fuente consultada:
1) «Mensaje sin destino», Mario Briceño-Iragorry, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 5ta. Edición, 1998. Pág. X.
2) Ob. Cit. Pag. 81.
Disociación psicótica y conciencia social
Es increíble el tremendo bombardeo mediático al que es sometido el pueblo venezolano todos los días, por parte de un accionar político, inescrupuloso y sin patria. Nunca en Venezuela, en ningún período histórico, una oposición contó con tan poderosísima capacidad de instrumentos como ésta, concretada en enormes centimetrajes de prensa e interminables minutos de radio y televisión; en manejos sesgados de la información y en técnicas psicológicas de masas; además del personal y de la vasta red tecnológica que, en todo el territorio nacional, los propietarios de medios de comunicación, ponen a su servicio. Por supuesto, al entrar en contradicción con nuestro proyecto nacional de país y ante su carencia de auténticos cuadros políticos como portavoces del “mensaje”, todo ese formidable arsenal se diluye; sin embargo, como producto de su uso abusivo, un segmento –valioso y trabajador− de nuestra sociedad quedó aprisionado en la disociación psicótica, especie de patología mental colectiva que antepone “una realidad ficticia” a su propio discernimiento y análisis crítico en cuanto a lo que realmente acontece en una determinada situación; la cual, como patología al fin, tardará mucho tiempo en sanar, y por cuyo daño ningún adalid de éstos, ni político ni mediático, se hace responsable.
Así como Venezuela, igual como en las primeras décadas del siglo XIX, vuelve a jugar un importante papel como vanguardia en las corrientes de cambio, de dignificación política y de liberación nacional que se materializan en el Continente; en el contexto internacional, debido a su indiscutible liderazgo desarrollado, es supremamente perentorio acotar, como consecuencia de ello, que la tiranía mediática global, fabricante de mentiras y recetarios, por medio de sus transnacionales, despliega una brutal desinformación a los demás pueblos del mundo acerca de la forma de gobierno que, en sucesivas ocasiones, y por intermediación de elecciones democráticas, hemos decidido darnos.
El esquema operado es bien sencillo: manipulación perversa de información y disociación psicótica hacia adentro; desinformación brutal hacia afuera.
Como contrapartida, también es bueno resaltar que esos mismos pueblos del mundo responden, a escala planetaria, en el terreno de la lucha de clases, que, disyuntivamente, se plantea entre vida o muerte; entre la sustitución de un modelo consumista que todo destruye o la desaparición indefectible de la especie humana; entre la libertad por un futuro mejor de las grandes mayorías o el sometimiento por parte de una pequeña élite enriquecida que ofrece al resto −y para su beneficio− mayor sometimiento.
¿Cómo puede un pueblo como el venezolano soportar tanto? Gracias a la formación de la conciencia social.
Los pueblos no se suicidan. Al reconocerse como parte integrante de un todo único, cualitativo y diverso, como la lengua y sus sentires, sus conjunciones corporales y plásticas, la hechura de sus manos; el sonido armonioso de tierra y territorio, su conexión telúrica, viéndola reflejada en la inmensidad multicolor de las aguas que habitan su musical unión indisoluble; el sincretismo de saberes y formas que se confrontan y amalgaman constantemente hasta ser un solo barro expresivo; el saberse hermanado por la convivencia; la construcción individual multiplicada a través de milenios, y convertida en obra colectiva en la hora presente; son factores de identidad que impiden la destrucción de un pueblo. La conciencia social transversaliza todos estos elementos tangibles e intangibles, y actúa como un fortísimo sentido de pertenencia, como un cemento vital que todo une.
El pueblo venezolano ha dado reiteradas muestras de su conciencia social. No será precisamente el agorero pronóstico de derrota, elaborado por la exquisitez de algún “científico social”, a lo largo de diez años y a cinco mil kilómetros de distancia, el que la derribe; ni refinadas campañas mediáticas bien articuladas –y pagadas− las que tuerzan su rumbo. Tampoco el mimetismo traidor que al seno interno trata de frenar, interponer, obstaculizar, la resuelta marcha de un período histórico que avanza encontrando en los poderes creadores del pueblo el antídoto genial para conjurar golpes y paros; para desmontar emboscadas de falsas compañías y cartas bajo la manga de un adversario sin ética; para extraer de las lecciones nuevas fortalezas, y de las lesiones el duro aprendizaje de quien sabe conjugar perdón con memoria. Es la férrea creencia en el pueblo, en su verdad, en su accionar y en su destino, la fuente formadora de la conciencia social.
En un artículo anterior yo apuntaba que la duración del chavismo como período histórico se determinará en los estándares de su eficiencia política y en los niveles de su calidad revolucionaria; en la capacidad de transformar las relaciones sociales de producción y en la formación de la conciencia social. Estos cuatro puntos son necesarios de abrirlos al debate.
Quienes acusan de ideológico el contenido programático de la administración del presidente Hugo Chávez Frías son, paradójicamente, quienes se valen de las fachadas ideológicas, de las elaboraciones ajenas a nuestro arraigo y de la mentira como denominador común, para vender su oferta política, mediante el bombardeo mediático inmisericorde, y la disociación psicótica, como resultante.
Ante ello, es al conocimiento, a la práctica transformadora, a la conciencia social, que debemos acudir para contrarrestar el ataque masivo al que es sometido nuestro pueblo, y al toparse con las murallas de su noción de patria, sus valores, su idiosincrasia y su soberanía, se estrellen los oscuros intereses que pretenden desintegrarlo.
Así como Venezuela, igual como en las primeras décadas del siglo XIX, vuelve a jugar un importante papel como vanguardia en las corrientes de cambio, de dignificación política y de liberación nacional que se materializan en el Continente; en el contexto internacional, debido a su indiscutible liderazgo desarrollado, es supremamente perentorio acotar, como consecuencia de ello, que la tiranía mediática global, fabricante de mentiras y recetarios, por medio de sus transnacionales, despliega una brutal desinformación a los demás pueblos del mundo acerca de la forma de gobierno que, en sucesivas ocasiones, y por intermediación de elecciones democráticas, hemos decidido darnos.
El esquema operado es bien sencillo: manipulación perversa de información y disociación psicótica hacia adentro; desinformación brutal hacia afuera.
Como contrapartida, también es bueno resaltar que esos mismos pueblos del mundo responden, a escala planetaria, en el terreno de la lucha de clases, que, disyuntivamente, se plantea entre vida o muerte; entre la sustitución de un modelo consumista que todo destruye o la desaparición indefectible de la especie humana; entre la libertad por un futuro mejor de las grandes mayorías o el sometimiento por parte de una pequeña élite enriquecida que ofrece al resto −y para su beneficio− mayor sometimiento.
¿Cómo puede un pueblo como el venezolano soportar tanto? Gracias a la formación de la conciencia social.
Los pueblos no se suicidan. Al reconocerse como parte integrante de un todo único, cualitativo y diverso, como la lengua y sus sentires, sus conjunciones corporales y plásticas, la hechura de sus manos; el sonido armonioso de tierra y territorio, su conexión telúrica, viéndola reflejada en la inmensidad multicolor de las aguas que habitan su musical unión indisoluble; el sincretismo de saberes y formas que se confrontan y amalgaman constantemente hasta ser un solo barro expresivo; el saberse hermanado por la convivencia; la construcción individual multiplicada a través de milenios, y convertida en obra colectiva en la hora presente; son factores de identidad que impiden la destrucción de un pueblo. La conciencia social transversaliza todos estos elementos tangibles e intangibles, y actúa como un fortísimo sentido de pertenencia, como un cemento vital que todo une.
El pueblo venezolano ha dado reiteradas muestras de su conciencia social. No será precisamente el agorero pronóstico de derrota, elaborado por la exquisitez de algún “científico social”, a lo largo de diez años y a cinco mil kilómetros de distancia, el que la derribe; ni refinadas campañas mediáticas bien articuladas –y pagadas− las que tuerzan su rumbo. Tampoco el mimetismo traidor que al seno interno trata de frenar, interponer, obstaculizar, la resuelta marcha de un período histórico que avanza encontrando en los poderes creadores del pueblo el antídoto genial para conjurar golpes y paros; para desmontar emboscadas de falsas compañías y cartas bajo la manga de un adversario sin ética; para extraer de las lecciones nuevas fortalezas, y de las lesiones el duro aprendizaje de quien sabe conjugar perdón con memoria. Es la férrea creencia en el pueblo, en su verdad, en su accionar y en su destino, la fuente formadora de la conciencia social.
En un artículo anterior yo apuntaba que la duración del chavismo como período histórico se determinará en los estándares de su eficiencia política y en los niveles de su calidad revolucionaria; en la capacidad de transformar las relaciones sociales de producción y en la formación de la conciencia social. Estos cuatro puntos son necesarios de abrirlos al debate.
Quienes acusan de ideológico el contenido programático de la administración del presidente Hugo Chávez Frías son, paradójicamente, quienes se valen de las fachadas ideológicas, de las elaboraciones ajenas a nuestro arraigo y de la mentira como denominador común, para vender su oferta política, mediante el bombardeo mediático inmisericorde, y la disociación psicótica, como resultante.
Ante ello, es al conocimiento, a la práctica transformadora, a la conciencia social, que debemos acudir para contrarrestar el ataque masivo al que es sometido nuestro pueblo, y al toparse con las murallas de su noción de patria, sus valores, su idiosincrasia y su soberanía, se estrellen los oscuros intereses que pretenden desintegrarlo.
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