domingo, 8 de febrero de 2015

¡Chávez era mejor que Nicolás!

Sobre la mayoría del pueblo venezolano, es decir, sobre las bases chavistas, para caracterizarla con un término político concreto, se ha lanzado el más de los despiadados bombardeos que a nivel psicológico se haya podido lanzar a pueblo alguno en la Historia. Refinadas especies de laboratorio ‒que no por refinadas dejan de ser retorcidas‒ se han puesto en práctica desde las más variadas fuentes y los más insospechados lugares, para destruir su unidad monolítica de masa transformadora conquistada en estos últimos 16 años de intensa lucha social, gracias al genio y a la figura de nuestro inolvidable Presidente Hugo Chávez Frías, y hacerla retroceder a su antigua condición de masa legitimadora, en función de que vuelva a convalidar intereses y privilegios de una clase que no es precisamente la suya. Los más entendidos y doctos en la materia llaman a esta gigantesca operación psicológica guerra de cuarta generación. Un tecnicismo por cierto, ése de cuarta generación, un tanto complicado de hacerlo comprender, cuando tratas de alertarle a una camarada o a un camarada de que ella o él se encuentran sumergidos en el fondo de una cruenta batalla permanente, que se libra dentro de nuestras propias cabezas, donde las balas se manifiestan mediante la manipulación de ideas o la fabricación de sensaciones, donde la pérdida de la conciencia de uno subliminalmente se traduce en la quiebra moral de la voluntad misma, que es el objetivo final del adversario que tengas en cualquier confrontación que te planteen. En plena decadencia del Puntofijismo, Alfredo Maneiro una vez dijo, refiriéndose al abandono de la tesis desarrollista del Plan de Barranquilla por parte de las clases dominantes de entonces para abrazar al neoliberalismo, que en Venezuela “para avanzar sólo bastaba con retroceder”. Salvando las debidas distancias tanto en intención como en fin con el filósofo y fundador de Causa R, ése pareciera ser el lema subrepticio de la derecha venezolana en esta guerra de cuarta generación: insuflarle a nuestro pueblo la falsa premisa de que sólo avanzará si retrocede. En los últimos días, alguno de ustedes seguro habrá oído a alguien “lamentarse” diciendo que “Chávez era mejor que Nicolás”. Frase en apariencia “inocente”, que es lanzada en forma milimétrica y deliberada ante un chavista desprevenido, por alguien que generalmente no lo es. La intencionalidad de la frase es perversa, pues busca establecer una división en un contexto que los chavistas nunca nos hemos planteado. El “Nicolás no es Chávez”, que les funcionó tan bien en la corta campaña electoral de abril de 2013, ahora es sustituido por el “Chávez era mejor que Nicolás”. El cognomento de “era mejor” que ahora le agregan está exquisitamente pensado. Tiene un fin. No lo dicen alegremente, ni mucho menos como una concesión al generoso hombre de quien tanto denigraron en vida. Su finalidad es dividir a las bases chavistas, que nuestro pueblo establezca comparaciones que no tienen lugar, para que finalmente le retire su apoyo al Presidente Maduro, o neutralice su participación por él, es decir, que si no logran que vote en contra ese chavista desprevenido, tienen como segundo propósito conseguir su abstención como votante. Abrumarlo en el pesimismo, de que ya nada vale la pena, de que ha sido estafado en su sentimiento. Cuidado con esto, que es una especie de laboratorio, muy fina y a la vez asquerosa. No le ha tocado fácil al Presidente Nicolás Maduro. Imagínense a una orquesta sinfónica que viene tocando armoniosamente su rítmica melodía, y de pronto su director llama a uno de sus músicos para entregarle la batuta y dejarlo al frente. Por más partituras que se sepa y que haya ensayado, el solo hecho de encontrarse íngrimo con esa minúscula varita (que no es mágica, por si algunos han llegado a pensarlo) en la mano, debe ser un impacto multitudinariamente desolador: sostener en pie el peso de semejante responsabilidad, máxime aún si hay un público expectante de por medio. No se calzan así porque sí, y menos de la noche a la mañana, las botas de Hugo Chávez. Y eso lo ha dicho en reiteradas oportunidades Nicolás Maduro. Ha trabajado denodadamente y sin descanso, y si no me creen, busquen su fotografía de candidato y pónganla junto a una foto suya actual: y se darán cuenta de los estragos físicos que estoy diciendo. A cada uno hay que valorarlo, en forma honesta, en su justa dimensión, espacio y tiempo. Pero, de eso, ya se encargará la historiografía del futuro. Maduro, como lo llamamos afectivamente sus camaradas, por ejemplo, ha tomado medidas que lo revisten de un profundo carácter obrerista. El año pasado eliminó a una herencia neoliberal de finales de los años 90: a más de 65.000 mujeres pobres, pero pobres entre las más pobres, de todo el país, que se levantaban muy temprano todos los días a preparar la comida del Programa Alimentario Escolar del Ministerio del Poder Popular para la Educación, y que estuvieron por muchos años trabajando en condiciones casi de esclavitud, bajo la promesa de recibir un día su cargo fijo (algunas murieron en esa espera), las pasó a las nóminas del referido ministerio, con todos sus derechos laborales. Medida ésta por cierto silenciada por nuestros propios medios de comunicación, que ni siquiera se han tomado la molestia de hacerle una cuña para informársela al pueblo. Medida ésta que reivindica a Chávez, quien dio esa misma orden, pero que la burocracia aburguesada, que parasita cual orquídea en ese frondoso samán que es el Estado venezolano, nunca la acató. ¿Qué cómo podemos desactivar una manipulación como ésa, de “Chávez era mejor que Nicolás”? Primero, cerciorándonos acerca de quién es la persona que nos lo está diciendo, desnudarle sus palabras más allá de su “inocencia”, por qué lo dice, cuál es su intención, y desmontarle la coartada con nuevas preguntas. Ellos no conocen nuestro mundo, nosotros sí, ¿van ellos a venir a hablarnos a nosotros de cómo somos? Si esa persona es escuálida, pónganla a prueba, verá que no tendrá un solo argumento para sostener “su afirmación generosa hacia Chávez”. Segundo, no alimentemos a la industria del rumor, a veces somos nosotros mismos quienes le servimos de vehículo difusor a nuestros adversarios sin darnos cuenta; si un rumor crece en Venezuela es porque parte de nosotros mismos ese rumor lleva en su cuerpo y alas, ninguna otra fuerza política en el país tiene el tamaño nuestro, entonces hagámonos esa autocrítica dentro de la lucha contra la alienación burguesa que libramos todos los días, y plantémonos como una firme barrera ante el inclemente bombardeo psicológico que busca dividirnos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Mis diez razones para votar por Wilmar Castro

1.- Porque, de todos los candidatos a gobernador, es el único que garantiza la ejecución de todos y cada uno de los Cinco Grandes Objetivos Históricos del Programa de la Patria 2013-2019, en todo lo que concierne a nuestro ámbito territorial. 2.- Porque ha venido desarrollando dentro de su gestión de gobierno un eje destinado a la ecología. Aspecto fundamental claramente definido y afirmado en el Quinto Gran Objetivo Histórico del Programa de la Patria 2013-2019, que se propone contribuir a la salvación del planeta y de la especie humana. 3.- Porque dentro de su gestión de gobierno no se han hecho alianzas con policías corruptos ni se han organizado escuadrones de la muerte, a modo de política para contrarrestar el crimen y el delito. Porque su gobierno no tiene las manos manchadas de sangre. 4.- Porque ningún habitante de Chabasquén ni del municipio Unda puede decir que su gobierno ni él en persona hayan reprimido alguna agrupación campesina por ocupar tierras, o por manifestarse simplemente. 5.- Porque es un hombre que estudia y elabora propuestas, las coloca a la discusión general portugueseña, bajo métodos democráticos; no es ningún improvisado, y posee personalidad y discurso propio. Jamás suele aplicar un lineamiento político nacional en el estado sin traducirlo a la realidad regional, sin proveerlo de su impronta campechana y característica. 6.- Porque en su primer programa de gobierno hay una línea estructural de largo aliento, a la que merece dársele continuidad, que se propone la transformación integral del modelo económico de Portuguesa, la planificación de la producción agrícola, la protección de sus cuencas hídricas, bajo unas nuevas relaciones sociales de equidad e inclusión, que se supeditan como centro a los intereses de los trabajadores. 7.- Porque es un hombre honesto y trabajador. Dudo que a su alrededor se cobijen ladrones y flojos, porque los desprecia profundamente; y a quien piense lo contrario de esta afirmación le ofrezco mi palabra y mi reputación como aval. Quien me conoce sabe que soy enemigo del elogio fácil, y que cuando ejerzo la crítica si tengo que aplicármela a mi mismo para graficar un ejemplo, lo hago; como lo he hecho en algunas oportunidades públicamente. Quien piense lo contrario, que lance el primer argumento. 8.- Porque es un hombre culto, y es un defensor de la cultura como el hecho esencial de toda transformación humana. Lector sistemático de Ilya Prigogine y Fritjof Capra, de István Mészáros y Enrique Dussel, de Carlos Marx y Ludovico Silva, de Humberto Maturana y Arturo Escobar. Ama las lecturas filosóficas y el estudio de los sistemas dinámicos complejos. 9.- Porque es un hombre tenaz y consecuente en las metas que se ha trazado en la vida; porque las privaciones materiales propias del hogar pobre y campesino de donde proviene, y los sacrificios y avatares en soledad de una vida estudiantil militar, forjaron el carácter de un ser humano que sabe a ciencia cierta qué papel le corresponde jugar como individuo en la historia; no es alguien que vaya a torcer de rumbo después de 56 largos años de existencia. 10.- Porque no es anticomunista, razón ésta que unida a todas las demás, me hacen sentirme orgulloso de considerarlo mi amigo.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El Programa de la Patria 2013-2019

Luego de la Constitución Nacional de 1999, El Programa de la Patria 2013-2019 es el documento político más importante que hayamos producido los venezolanos en este siglo, a tan sólo doce años de despuntar su aurora. En verdad, al revisar cada una de sus partes componentes, de sus cinco grandes objetivos históricos 1.-La Independencia; 2.-El Socialismo; 3.-Nuestra América; 4.-El Mundo, y 5.-La Humanidad, consigo una maravillosa carta de navegación de largo aliento, en que, ¡por fin!, concretemos, en las décadas por venir, nuestras más preteridas aspiraciones como pueblo, la más grandiosa realización ciudadana de un pequeño género humano que ha sido capaz de levantarse de sus tragedias, de reconstruirse a sí mismo, de compartir su libertad bondadosa con otros pueblos del mundo, incluso a riesgo de su propia existencia y sin pedir nada a cambio. No permitamos que este documento político tuerza su rumbo en las coyunturas cotidianas, y apliquémonos en el cumplimiento cabal de cada una de sus tareas. No permitamos que se funda como los cinco motores, o se manosee como las tres erres. No permitamos que se transforme en una moda. Ya bastantes retos postergados tenemos en nuestra vida republicana, como para que éste, que es la sumatoria de todos, se nos vaya de las manos, y perdamos otra oportunidad histórica. No tenemos opción. El gran documento político del siglo XIX, El Programa de la Federación, con sus tres grandes objetivos históricos a) Tierras y hombres libres; b) Elecciones populares; y c) Horror a la oligarquía, resumió a las florecientes y agónicas expresiones de los pobres de Venezuela en su empecinada búsqueda social jamás renunciada. Fue un documento debatido y aplicado en medio de una guerra feroz. Fue el producto resultante de una dolorosa traición, la traición a las banderas de la independencia, y aquel gigantesco sacrificio de nuestro pueblo por su dignidad fue ahogado en un pacto ominoso, que sepultó literalmente a nuestro país en un ostracismo por más de ochenta años. El gran documento político del siglo XX, El Plan de Barranquilla, se propuso el tránsito de aquel país rural fragmentado y caudillesco, con sus limitadas estructuras económicas y su población empobrecida, a una suerte de sociedad capitalista que recién desplegaba su principal riqueza petrolera y, con ésta, su imperiosa necesidad de industrializarla. La historia es harto conocida. Esa suerte de sociedad capitalista devino en un profundo carácter rentista que lo impregna todo hasta nuestros días y reproduce constantemente, como fatalidad generacional, a un tipo de venezolano que debemos superar y trascender. La dirigencia política que comenzó a materializar ese Plan no lo concluye, lo abandona para abrazar al neoliberalismo. Podría decirse que El Plan de Barranquilla fue traicionado por sus propios autores y por sus herederos en el orden político. Como ironía o paradoja de la historia, cuatro de sus ocho grandes objetivos históricos relativos a la alfabetización de la población, la protección de las clases productoras de la tiranía capitalista, la revisión de los contratos y concesiones celebrados por la nación con el capitalismo nacional y extranjero y el control por el Estado o el Municipio de las industrias que por su carácter constituyen monopolios de servicios públicos que quedaron inconclusos durante el puntofijismo, fueron cumplidos y cerrados como ciclo histórico por el presidente Hugo Chávez Frías. Traición en uno, inconsecuencia en otro, El Programa de la Patria 2013-2019 no debe ser salpicado por ninguno de esos lastres. De nosotros dependerá su aplicación. Una vez cumplida la primera gran meta de su primer gran objetivo histórico La Gran Victoria Electoral del 7 de Octubre, debemos ponerle fecha a todos sus puntos y convertirlos en el pan nuestro de cada día durante los próximos seis años. Si queremos patria verdadera. Si queremos dejarle algo valioso a las generaciones venideras, por lo cual se sientan orgullosas de nosotros.

jueves, 23 de febrero de 2012

La Tonada del Culatero

Algunos aspectos marxistas en la poesía cantada de Joel Hernández Pérez

Dicen sesudos filósofos que ética y estética deben ser un binomio indisoluble, en la construcción de un planteamiento. Que la una es el fondo, que la otra es la forma, y por lo tanto no pueden separarse. Por ello, apelando a sus frondosos conocimientos en literatura, Joel Hernández Pérez, al legarnos esta maravilla de canción, no podía traicionarse a sí mismo: y nos construye su visión de un llanero sólo como su pródiga inteligencia honestamente sabe hacerlo, diciendo la verdad. Nos lo retrata al pie de una querencia, mientras se interroga a sí mismo acerca del por qué, en su tránsito terrenal, nunca supera su condición social de campesino pobre, pese a haber consumido todas sus energías físicas trabajando desde niño. Su leitmotiv radica en que él no es el dueño libérrimo de su destino.

Siendo apenas un adolescente, yo entré en contradicción con el dogma cristiano del libre albedrío. Jamás pude entender aquello de que uno se labra su «propio» destino. Por fortuna –y de manera temprana– pude resolver ese problema de la conciencia, al conocer las obras de Carlos Marx, en especial a los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844. Hoy puedo intuir que Joel también las ha leído: y para así decirlo, La Tonada del Culatero es mi más valiosa prueba documental.

Carlos Marx, quien mejor ha interpretado –y potenciado desde la praxis− los intereses de la clase trabajadora mundial, sostiene en sus libros que el llamado «propio» destino de la persona al que aluden mis queridos amigos cristianos cuando esgrimen su tesis del libre albedrío sólo se determina por el papel que esta misma persona representa dentro de las relaciones sociales de producción. Es decir, que las facultades de «propio» que ellos le atribuyen al destino no son tan propias que se diga, que no es autónomo un trabajador como para decidir de manera individual que a quien ofrezca su fuerza de trabajo ha de obtener de aquel por dicha relación el fruto íntegro del producto de la misma y así “labrarse su propio destino”, sino que la determinación de su destino como tal se materializa a través del rol específico que desempeñe como pieza aislada en los intrincados resortes de la economía, en las distintas funciones que se expresan en la división del trabajo. Joel, sin proponérselo –agrego yo–, remarca en su Tonada este viejo concepto marxista, que señala ese rasgo de la división del trabajo: “…¡Ah malaya quién pudiera / ser como el cabrestero! / Que siempre marcha adelante / por esos rumbos llaneros / Yo que marcho en la culata / cómo voy a ir primero / no puede ser caporal / quien nació pa’ culatero…”.

Pero, el drama y las sentidas aspiraciones de redención social de ese culatero perdido en el sinfín de una sabana venezolana, son el mismo drama y las mismas sentidas aspiraciones de redención social del conjunto de los trabajadores a escala planetaria. Estructurada en un discurso poético impecablemente hermoso y en unos arpegios finos, estilizados y pulcros, La Tonada del Culatero tiene por la calidad de su contenido un espacio ya ganado como denuncia en cualquier parte del mundo donde un trabajador campesino padezca explotación o servidumbre.

También en la poesía que se canta en La Tonada del Culatero, Joel Hernández Pérez yuxtapone una lucha de clases –otra categoría marxista– en todas sus metáforas y humanizaciones. Plantea el conflicto que mueve a la historia como un potente motor. En versos tan certeros como éstos, “…Viejo camino, tú que conoces / la dura vida de los arrieros / Me vine de mi lugar / pa’ salir de jornalero / pero mientras más trabajo / más viejo me voy poniendo / y sigo siempre en mi oficio / siendo el mismo culatero…”, se siente el lamento de una superación preterida y nunca realizada. Y en otros, “…Por aquí vamos novillo / trochando el mismo sendero / atrás quedó tu potrero / allá el amor que yo quiero / Cada quien en este mundo / marcha por su derrotero / el pobre con su pobreza / y el rico con su dinero / ajila ajila novillo / y olvida tu comedero…”, crudas resignaciones.

Es importantísimo acotar que, en estas descripciones poéticas tan bien elaboradas, nuestro gran compositor portugueseño no resuelve el conflicto planteado. Y no puede hacerlo. Tampoco es una obligatoria conclusión. Por una razón muy sencilla, le faltó precisar la relación dicotómica entre lo histórico y lo natural, que Marx deslindó en forma magistral. Asunto comprensible y salvable por tratarse de la obra de un compositor popular, y no de la abstracción teórica de un científico social propiamente marxista. La condenación de un hombre pobre a ser de por vida un pastor de vacas es un hecho histórico y por lo tanto es un hecho superable. No es para nada un hecho natural. Si se aborda de esa manera el conflicto nunca será resuelto. Digamos que en términos de poesía esta resolución queda como una tarea pendiente.

Pero aun así, hay una carga ética en esta hermosa canción. Por eso perdurará a través de los tiempos.

jueves, 10 de marzo de 2011

Monólogo público con mi maestra Miriam

Cuando nos hablen de transformación, debemos recordar que en su carácter etimológico es una acepción disyuntiva y nunca olvidar que el término destrucción es una de las dos opciones en que consiste. Con el vocablo cambio ocurre algo parecido y posee un mero significado de traslación. En política estoy enamorado de la palabra direccionalidad.


Miriam Biscardi de Ríos, mi maestra de tercer grado, de férrea dulzura y terrible honestidad, en su ilustre clase diaria, solía transmitirnos ejemplarizantes conceptos de ciudadano y de país, interesante tarea a largo plazo llevada a cabo, máxime aún por la escasa perceptibilidad de noción de cuarenta niños de ocho años de edad, aturdidos por el festín con excesos que resultó la bonanza petrolera de 1974. Inexorable, el tiempo fue pasando, entre crisis y luchas harto conocidas. Mas sin embargo, hoy día, en la soledad de la escritura, en esta modesta mesa de trabajo, a veinticuatro años de su bonita experiencia educativa, pienso que su misión realizada no se ha perdido, que no fue en vano, así el país tenga extraviado en algún lugar de la geografía el valor ciudadano y los ciudadanos hayamos reducido el patriotismo a la insulsez de la palabra hueca. Ojalá este monólogo público con usted sirva para que alguien se incorpore y lo convirtamos en diálogo o polémica, en grito tremebundo, en clamor escuchado. La sustancia de este escrito no es loa ni égloga, sino un pequeño reconocimiento para quien me enseñara la mágica belleza de las primeras letras, tampoco ¡y qué fortuna para ambos! una alabanza de “ocioso escribidor y compañerito de partido”, porque felizmente en política tenemos formaciones diferentes.

¿En qué momento empezó el derrumbe nacional? ¿O la nación ha existido como tal? ¿O somos nosotros mismos los derrumbadores que, cada noche, nos dormimos entre nuevos escombros de lo que no fuimos? ¿O aniquilamos una farsa con otra nueva farsa? ¿O quién nos asigna ese guión de náufragos supremamente tan real, que algunos hace tiempo lo creemos en serio? ¿O el poderoso de la trama tiene acaparados los salvavidas en tierra firme y en el script no aparece esta escena?

No es que me aferre a las últimas cinco sílabas de mi cédula de identidad cual xenófobo fan de un furioso larapeñista recién documentado en diferendos ni mucho menos al endulcir bobalicón del publicitario nacionalismo mercantil de lo nuestro es lo mejor, pero siempre vamos persiguiendo la caravana de un desastre, inclusive, encandilados y junto con los malos, contagiosos y contagiando, por calles empedradas de buenas intenciones. “Ésa es la muerte de las ideologías”, sentenció, juicioso, un muy querido pediatra sexagenario a quien profeso afecto, y yo, cuan obediente niño diagnosticado, guardé mis postulados de aspirante a comunista en el mejor sitio de la memoria donde se olvidan las cosas, presagié con vítores mis futuros aportes a la patria y coloqué el producto de mis lecturas al servicio de una nueva causa, que degeneró de fresco liderazgo discursivo a fraseología variopinta de ocasión, de gavilla sedienta a prolongación de lo anterior reinante. En mi caso, mi visión del mundo no funcionó. Mas no culpo a nadie ni me arrepiento de “mi carencia de análisis”, de “mi ceguera ante el signo de los tiempos”. Quizá, con sus características lógicamente particulares y con otras escenografías, le haya ocurrido en esencia lo mismo.

Ha habido enseñanzas muy duras, maestra. Y, por supuesto, años para digerirlas, asimilarlas y devolverlas al escenario social. En nombre del mapita ése, colgado en la pared izquierda del salón, que se me parecía a un pequeño elefante, con la trompa alzada y las patas traseras con franjas oblicuas, sigo orientando todos los actos de mi vida, como usted bien nos lo pidió, un buen día de esos en que se quiere como padre y se respeta como hijo. Probablemente se ha enterado que escogí el oficio de poeta y, a juzgar por las ruedas de tractor y los insecticidas agrícolas que rigen aquí la nobleza del trabajo, de antemano la disculpo si lo considera algo aventurero o trajín de vago. No he conocido otra manera de hacer efectivo mi aporte como ciudadano, distinción cuya única mácula en su haber fue ilusionar a otro ciudadano con la ilusión de convertir una esperanza en realidad. De todos modos esa misma ilusión me la vendí a mi mismo y estoy cargando con la raya dos veces.

Me recuerdo de usted en esta hora por varias razones, tengo días pensando en mis maestros, los voluntariosos, los amables, los enérgicos, tánto… que no merecían tánto olvido de mí; permítame la falta de consideración al sintetizarlos en usted. Hace poco me detuve frente a la escuelita nuestra, allí donde incineró su juventud en función de un país, y tuve que traerme los pedazos de corazón en la mano al verla en las humillantes ruinas donde agoniza. No quisiera que nuestro próximo encuentro sea cuando asistamos a su demolición. Me recuerdo de usted, también, porque deseaba contarle a alguien de respeto lo tormentoso de autoexiliarse durante nueve largos meses de silencio.

Si por lo pronto no se concreta en el país un proyecto realizable de direccionalidad en que enrolarme, en lo adelante trataré de mejorar mi distinción de ciudadano, como me lo inculcaron cuando apenas era un niño de ocho años de edad.



Publicado en el diario “Ultima Hora” del estado Portuguesa, el 26 de abril de 1998, pág 04, sección Opinión.

martes, 13 de abril de 2010

Jugar de otra manera

Es interesante leer el artículo «Ni primarias ni consenso: sindéresis» de ayer en “Ultima Hora” y la nota publicada en la prensa regional –que en resumen ambos textos dicen lo mismo−, en que Iván Colmenares presenta “con poca fe”, “ante el pueblo de Portuguesa y ante la Mesa de Unidad Democrática Regional, este aporte para lograr una integración global de todos los sectores que quieren participar en la contienda electoral del 26 de septiembre” (sic), para tratar de darle un viraje a los negociados internos que las cúpulas partidistas de la oposición mantienen en torno al tema electoral.

Intuyo que Iván José orientado por su olfato presiente venir sobre la oposición lo que otros no ven, o se niegan a ver: una espectacular derrota.

En Venezuela ocurrió una ruptura histórica el 6 de diciembre de 1998; se ensayan nuevas formas de organización; se implementa una nueva legislación, que va normando la creación en plena hechura; se estructura un nuevo tipo de país; el pueblo se organiza en revolución, cuya concepción más acabada ha de ser su configuración en poder popular, a través de la construcción colectiva del socialismo.

La dirigencia opositora de Portuguesa no interpreta, no analiza a ese nuevo país que bulle, que emerge en sus propias narices. No han avanzado políticamente nada. Piensan que desde una página de internet hablando estupideces, o con mensajitos de texto sin contenido, harán retroceder a un período histórico, cuyo origen deviene de la exclusión social creada por estos mismos opositores, cuando fueron gobierno. Piensan que sin formular una idea y al amparo económico de algún contratista suicida, obtendrán una votación del pueblo, sin tener con éste el más mínimo contacto político. Piensan que piensan, y convierten su deseo personal “en un hecho real”, cuando la realidad anda transformándose en los sueños y los anhelos de quienes nunca tuvieron nada, cuando la realidad se convierte en ejercicio político pleno para quienes nunca más han de ser engañados.

Entiendo este llamado a “sindéresis” de Iván José, como un intento de renovación de liderazgos en las filas de la oposición portugueseña, cuando dice, “ …sin desmerecer a nadie, que otros nombres que están presentes en el debate, deberían dar su aporte en estos tiempos de convulsión, donde la única garantía frente al fracaso y a la arremetida del gobierno para alcanzar lo imposible el 26S, no sólo es unidad, porque esa fórmula sin carne, la probamos duramente en el 2008, mordiendo el polvo de la derrota, unos simplemente perdedores, pero otros humillantemente aplastados… “(sic).

Al sacrificar su propio nombre, por unos bueyes cansados que no tienen propuesta política alguna, siendo él el único de los aspirantes de la oposición que en Portuguesa posee una votación propia, en descenso, y posiblemente suficiente como para obtener una curul, es dable entender su poca fe, pues ya por adelantado se da por no oído.

Por ignorar el carácter de clase en su análisis político –algo muy lógico, pues él no es ningún revolucionario−, Iván José yerra al determinar que la oposición puede “…salir del hueco y enfrentar con éxito, a la avasallante maquinaria oficialista, que sólo está aceitada por el poderoso Don Dinero, pero que ya no tiene el afecto popular ni el arraigo de un Presidente… ”(sic). ¿Avasallante maquinaria oficialista? ¿Aceitada por el poderoso Don Dinero? ¿Afecto popular? Desde esta perspectiva él le niega al pueblo toda capacidad de comprensión política, lo trata como a un objeto, y encima diciéndole “que se aceita con dinero” le pide su apoyo para sacar a la oposición de “un hueco”, y así, una vez colocada aquella en las curules, pueda proceder a “su liberación”. ¿Quién está en mejor circunstancia? ¿El pueblo? ¿O la oposición? Por fortuna, estas brumosas calificaciones, donde se manifiesta claramente un profundo desprecio de clase –pese al ocultamiento de su carácter dentro del análisis− son detectadas por el pueblo, que sabe mejor interpretar la política que los dirigentes. Para las élites políticas, y para las cortes exquisitas de intelectuales, el pueblo no es reconocido como categoría ni como variable de poder; paradójicamente, este desconocimiento opera en su favor mientras se desarrolla como sujeto histórico.

Sin embargo, este llamado a “sindéresis”, que yo interpreto como renovación de liderazgos, adolece de una falla: no es propuesta de dialogo. Al decir su proponente que esperará, “…por una respuesta de la Mesa de Unidad Democrática Regional hasta el próximo 20 de abril, en caso de no obtenerla –indicó- jugaré de otra manera… “(sic), cierra todas las puertas, incluso a la propuesta misma y a sus nominados. ¿Quién dialoga con un plazo de por medio? ¿Cómo se podría interpretar la frase “jugaré de otra manera”?

“Jugaré de otra manera”, tiene varias interpretaciones. Si se le desprovee de la carga de chantaje que pudiera tener, podría interpretarse como que Iván José destinará sus esfuerzos a construir política a largo plazo, a concentrar una fuerza, a construirla, como él mismo una vez lo hiciera, mucho antes de que la preeminencia de los medios de comunicación convirtiera al ejercicio político en comodidad, en facilismo y en holgazanería. “Jugaré de otra manera”, también tiene su cara anti-democrática, que es el rostro del fascismo, del desconocimiento institucional, del quebrantamiento de las reglas de juego.

Por conocerlo muy bien, le doy el beneficio de la duda: pensaré que se inclinará por lo primero, desechando totalmente lo segundo.

lunes, 5 de abril de 2010

El 19 de abril de 1810

A pesar de tratar de reconocer a Fernando VII como rey, y de erigir una Junta conservadora de sus derechos en nuestras tierras, el 19 de abril de 1810 fue la génesis constituyente de la Independencia en Venezuela. Siempre se fija su gestación como producto de las Abdicaciones de Bayona, acontecidas dos años antes, en que Napoleón Bonaparte transforma a su hermano José en Rey de las Españas y de las Indias. Este hecho es, indiscutiblemente, el disparador internacional que desencadena los llamados sucesos de aquel día, tan memorable en nuestra historia. Como memorable es señalar también que una revolución social se venía germinando como factor interno para conjugarse con aquel episodio, y la misma que tiene sus referencias lejanas e inmediatas en el levantamiento de Juan Francisco de León en 1749; la sublevación de Manuel Gual y José María España, en 1797; las fallidas expediciones navales de Francisco de Miranda a nuestras costas, en 1806; y la conjura de los mantuanos de Caracas, en 1808.

Necesario es ubicar en contexto a nuestros caros lectores que de estas referencias lejanas e inmediatas al 19 de abril de 1810 como puntales del agotamiento social y político de la superestructura colonial, sólo el movimiento de Gual y España y las fallidas expediciones navales de Francisco de Miranda se propusieron la Independencia de Venezuela, desde el punto de vista militar, con un programa, una bandera y teniendo la fundación de una patria como fin ulterior. El levantamiento de Juan Francisco de León fue fundamentalmente contra el monopolio representado por la Real Compañía Guipuzcoana y pedía la libertad de comercio entre sus fines; sin embargo, su reseña dentro de este marco sirve para colocar un punto de partida de aquella revolución en marcha, que habrá de estallar con mayor fuerza en las décadas posteriores. De la conspiración de los mantuanos de Caracas, haré unas consideraciones unos párrafos más adelante.

El 19 de abril de 1810 tuvo su evolución

De Junta Suprema de Caracas que trató de jurar fidelidad a un rey, se convierte en debate político y en concepción jurídica; devenida en Primer Congreso, se convierte en independencia y en patria. Fue impulsado por mantuanos y por blancos criollos que apuntaron siempre al aspecto económico y a su control, lo que trajo aparejadas en las consecuencias políticas de dicha acción consecuencias militares, que se desarrollarán en una larga guerra de diez años, donde habrá de inmolarse la mitad de nuestra población. En su devenir y consulta privó el régimen censitario, que reservó y aseguró a los propietarios de bienes su elección y participación en aquellas históricas deliberaciones; y el pueblo venezolano como convidado de piedra, puesto siempre como “objetivo” del “fin”, el que aclamó con su no la renuncia de Vicente Emparan, fue nutriendo de contenido social aquel día hasta apropiárselo por completo, aún al costo de su propia vida, en las innumerables batallas que se libraron a posterior, parteras de nuestra vida republicana.

Puede decirse que el 19 de abril de 1810 es el punto crucial de muchas fechas, de muchos hechos; pero también puede decirse que es el punto de quiebre en que el accionar de una casta es rebasado por un pueblo y una vanguardia para construir una nación. Ése es el carácter histórico que garantiza su permanencia en el tiempo.

Pero esa evolución tiene sus fundamentos en una conducción política impecable, que supo con sentido de oportunidad cuándo era el momento preciso para dar el viraje. El 19 de abril de 1810 bien pudo haberse convertido en una re-edición de la conspiración de los mantuanos de Caracas, como era en sus propósitos iniciales. Condes, marqueses y clérigos pujando para que todo siguiera igual, buscando convertir un cambio histórico en simple fachada. Basta con echarle un vistazo a las primeras decisiones de aquella Junta Suprema, para uno percibir que lo que se buscaba era el control político, económico y militar de la Metrópoli, sin que la superestructura de la Colonia se modificara un ápice.

Bien vale recordar al Libertador Simón Bolívar, faltando tan sólo horas para el 5 de julio de 1811, cuando exige la pronta declaración de la Independencia de Venezuela, “No es que hay dos Congresos. ¿Cómo fomentarán los que conocen más la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva y para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad; unirnos para reposar, para dormir en los brazos de la apatía, ayer fue una mengua, hoy es una traición. Se discute en el Congreso Nacional lo que debería estar decidido. ¿Y qué dicen? Que debemos comenzar por una confederación, como si todos no estuviésemos confederados contra la tiranía extranjera. Que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Que los grandes proyectos deben preparase con calma! Trescientos años de calma ¿no bastan? La Junta Patriótica respeta, como debe ser, al Congreso de la nación, pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana: vacilar es perdernos… …Que una comisión del seno de este cuerpo lleve al soberano Congreso estos sentimientos”1.

No en balde aquel Primer Congreso, el 2 de marzo de 1811, cesando en sus funciones a la Junta Suprema de Caracas, se instala ¡qué curioso! en la residencia del Conde de San Javier, en virtud de la misión gatopardiana que llevaba incubada. No en balde la Iglesia católica mueve en aquel propósito a las mejores fichas −o cuadros políticos, mejor dicho− con que contaba. Sólo que la voluntad política de una vanguardia se impuso y un pueblo nutrió de contenido social a una fecha, que el mantuanaje colonial había reservado para cambiar de forma y seguir medrando.

Por eso, el 19 de abril de 1810 es y seguirá siendo un día del pueblo venezolano, de sus aspiraciones, de sus conquistas, de sus luchas y de sus sueños.



Fuente consultada:
1) «Doctrina del Libertador», Simón Bolívar, Colección Biblioteca Ayacucho, Nº 1, Págs 7 y 8. (Subrayados nuestros).

martes, 30 de marzo de 2010

Un monstruo llamado Juan Germán Roscio

Uno de los personajes claves en los acontecimientos emancipatorios que produjeron el 19 de abril de 1810, fue sin duda alguna Juan Germán Roscio. Nació en San José de Tiznados (hoy estado Guárico), el 27 de mayo de 1763. Estudia Teología, Sagrados Cánones y Derecho Civil, en la Universidad de Caracas, porque contó con el apoyo de la hija del Conde de San Javier, doña María de la Luz Pacheco, quien se encarga financiar sus estudios y manutención, desde 1774.

Siendo hijo de padre italiano y madre mestiza, se le atribuye la condición de pardo; lo cual le hace vivir en carne propia la discriminación social de la Colonia; pero, a la vez, ese mismo hecho, le curte la conciencia política, que descollará antes y después de aquella memorable fecha de nuestra historia republicana.

Sobre este particular de discriminación social hay dos episodios en su vida dignos de reiterar, que ya han sido contados en otras ocasiones. El primero episodio lo afronta cuando solicita su inscripción como abogado ante la Real Audiencia, que le fue concedida; teniendo la tenaz oposición del Colegio de Abogados, que se negó a admitirlo en su seno puesto que “en el expediente de limpieza de sangre presentado por Roscio no figuraba el calificativo de «india» que en otros documentos se le daba a su madre y a su abuela materna”, episodio que lo lleva a “iniciar un proceso en el cual presentó brillantes alegatos que pusieron en evidencia su formación jurídico-ideológica y la orientación filosófica de su pensamiento”. El segundo episodio lo afronta cuando defiende en el Cabildo de Valencia a una mestiza de nombre Isabel María Páez, esposa de Juan José Ochoa, a quien se le negaba el derecho de usar alfombra para arrodillarse en el Templo, pues éste era un derecho reservado sólo a las mujeres mantuanas. Estos episodios ocurrieron antes del 19 de abril de 1810, y en ambos resultó victorioso.

Juan Germán Roscio, ejerce la docencia, traduce textos. Y es influenciado en las ideas de libertad, como todos los hombres de su tiempo, por el documento titulado “Carta dirigida a los españoles americanos” del sacerdote jesuita Juan Pablo Viscardo y Guzmán. Son los aires mirandinos del gran Sebastián Francisco los que recorren aquella atmósfera libertaria, donde se vieron muchos desprendimientos de la grandeza humana, a la par de no pocas traiciones, de pequeñas ruindades, que siempre medran –para que nada cambie− alrededor del liderazgo de las nuevas épocas.

El 19 de abril de 1810, como hecho constituyente en sí, habría de examinarse, desde el tamiz de 200 años transcurridos, por la conciencia política de quienes lo configuraron, además de los hechos que en consecuencia subsiguieron, pasando por las repúblicas y las batallas, durante diez años de guerra independentista, y por los nueve años de conspiraciones políticas, que nos convirtieron en Estado, en 1830. ¿Cómo terminaron sus vidas? ¿A qué causa sirvieron? ¿Qué papel jugaron cada uno de los nombres aparecen y desaparecen en esa escena inestable e inicial de nuestra vida colectiva? La vida del doctor Roscio es una muestra de esas grandezas humanas a la que el país, con sus nuevas generaciones, tiene el derecho a saber, por el ejemplo que infunde.

Funge como nuestro primer canciller, participa en la redacción de nuestra Acta de Independencia, se le atribuye la redacción íntegra de nuestra primera Constitución, en 1811. Caída la primera República, en 1812, es enviado prisionero a Cádiz, con las siguientes instrucciones de Monteverde, “Presento a V. M. esos ocho monstruos, origen y raíz primitiva de todos los males de América. Que se confundan delante del trono de V. M, y que reciban el castigo que merecen sus crímenes. Dios guarde a V. M. muchos años. Caracas, 14 de agosto de 1812. Señor. Domingo Monteverde". Los demás “monstruos” que acompañaban a Roscio a ese penoso presidio, eran Juan Paz y Castillo, Francisco Isnardi, José Joaquín Cortés de Madariaga, José Barona, Juan Pablo Ayala, José Mires y Manuel Ruiz. Después de estar prisioneros en Cádiz, por servir a la patria y motejados de monstruos, son trasladados a las mazmorras del Ceuta, al norte de África, donde logra fugarse, junto a Francisco Isnardi y el padre Madariaga; son recapturados y devueltos a Cádiz. Por presiones inglesas obtienen la libertad en 1816. Viaja por Estados Unidos y regresa a la patria, a incorporarse a la lucha independentista. Participa en el Congreso de Angostura, es nombrado por el Libertador Simón Bolívar miembro principal del Consejo de Estado y director de las Rentas de la Nación. A fines de aquel año de 1819 es designado Vicepresidente de Venezuela.

Fue una vida apasionante, difícil de comprimir, de sintetizar en un artículo de opinión, sin embargo sirven estas líneas para despertar el interés por investigar con mayor profundidad qué ha significado el nombre de Juan Germán Roscio en nuestra patria. Quien pese a las dificultades, siempre consiguió un espacio para pensar y estudiar. Cuando estaba preso en las mazmorras del Ceuta escribió su único libro, “El triunfo de la libertad sobre el despotismo”, que constituye un tratado sobre la aplicación del derecho basado en Las Sagradas Escrituras, esfuerzo intelectual que lo coloca entre los precursores de la Teología de la Liberación. Fue una vida apasionante que se apagó a los cincuenta y ocho años de edad, el 10 de marzo de 1821, en El Rosario de Cúcuta, mientras desempeñaba la Vicepresidencia de la República de Colombia, aquella república bolivariana que nació en el Congreso de Angostura, el 17 de diciembre de 1819.

Sirva este artículo de opinión también, para recordar su útil y noble vida de patriota a nuestros jóvenes en estos días tan oportunos, en que conmemoraremos el Bicentenario del 19 de Abril de 1810. Sirva para despertarles la curiosidad como estudiantes que son, como estudiantes que nunca dejarán de ser.

martes, 23 de marzo de 2010

Magdiel Páez García, a 19 años de su adiós

Conocí a Magdiel Páez García en esas largas conversaciones políticas que hacíamos los jóvenes de mi generación, acerca del futuro de la izquierda en Venezuela. Corrían los años ochenta. Y nosotros, como herederos directos de su legado −producto de su desempeño en las dos décadas anteriores a aquellos años−, llevando sobre nuestra incipiente formación su pesada carga histórica de derrota y reflujo, observábamos cómo el país trataba de buscar salidas, ante la avalancha neoliberal que se le venía encima. Fueron muchas las noches y muchos los días, de compartir y discutir, con Fernando González y otros camaradas, acerca de esos temas. En esas travesías conocí al Morocho, como también le decíamos, quien, mientras estudiaba en el liceo “5 de Diciembre” de nuestra ciudad, militaba en la siempre aguerrida y solidaria Juventud Comunista.

Culminado su bachillerato, se fue a estudiar historia a la Universidad de Los Andes, en Mérida, iba en el sexto semestre y, durante una protesta estudiantil, en la Facultad de Medicina de esa casa de estudios, a manos del Ejército y por directriz de un oscuro general, fue asesinado un 21 de marzo de 1991. El mes anterior a su crimen, acababa de cumplir 23 años de edad.

Era un amigo leal, un buen estudiante y un noble compañero de viaje.

Los principales responsables de su muerte responden a los nombres de Carlos Andrés Pérez y de Jesús Rondón Nucete, quienes, para aquel entonces, ejercían funciones de presidente de la República y gobernador del estado Mérida, respectivamente. Estos dos personajes dieron continuidad a la clásica política represiva del puntofijismo, rotulada en el funesto signo romulero del disparen primero y averigüen después, sumando el nombre de Magdiel Páez García a una larga estadística que no puede −ni debe− quedar sin respuesta. Ambos gozan de una plácida vejez, ante la lenidad de un Estado que, aún con las formalidades burguesas enquistadas en su funcionamiento, le quedan muchas deudas morales pendientes todavía en el anchuroso transitar a la justicia.

¿Qué diferencia tan grande entre la época aquélla y la actual? Los jóvenes hoy pueden organizarse políticamente bajo la bandera que quieran. Pueden hacerlo libremente, sin ser reprimidos o coartados. Los jóvenes de derecha en Venezuela se organizan en distintas corrientes reaccionarias, incluso a corrientes ajenas a nuestra idiosincrasia y convivencia, como Opnot, el puñito fascista usado en las llamadas Revoluciones de Colores en Europa oriental; reciben pública y notoriamente financiamiento extranjero, en forma premios. Hasta allí pudiera estar bien la tolerancia democrática. Sólo que, al hacer labor conspirativa con apoyo internacional de manera abierta, en contra del Estado, de sus instituciones y del pueblo, se ponen al margen de la ley, y aún así el Ministerio Público no hace nada al respecto.

En los incidentes lamentables, en que ha perdido la vida algún estudiante, las autoridades han actuado diligentemente, dando con los responsables, donde ¡curiosamente! la gran mayoría de las víctimas registradas han militado en el chavismo. (En verdad éste es un punto curioso y propio del libro Guinness: la mayoría de las personas asesinadas en protestas estudiantiles, luchas reivindicativas y sucesos públicos, han sido militantes chavistas. El ejemplo más palmario son los 229 dirigentes campesinos que han muerto a lo largo y ancho del territorio nacional desde la aplicación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, en 2001. Una cifra verdaderamente indignante, lo suficiente para avergonzarnos a todos. Y más a los incapaces del Ministerio Público, si vergüenza tuvieran).

Hoy Magdiel hubiese formado parte de la construcción colectiva del socialismo, y fuese el mismo camarada soñador que fue, cuando ser de izquierda y comunista costaba la vida, como a él mismo le costó. Fuese un agudo analista, porque su inteligencia así lo proyectaba; éste era su tiempo histórico; quienes lo conocimos de cerca debemos honrar su memoria con nuestras acciones y con nuestra consecuencia política a sus sueños de adolescente rebelde, que aún no se han cumplido. Quienes integramos su generación soñadora, en la responsabilidad pública que asumamos, debemos ser prístinos y eficientes en el manejo de los dineros y de los bienes del pueblo, direccionándonos siempre al socialismo y, más profundamente, después, al comunismo.

Sólo así habríamos de estar siendo fieles a su memoria; sólo así su muerte habría de ser absorbida por la vida.

lunes, 15 de marzo de 2010

Casal, el mentiroso

Contrastando la declaración del gobernador del estado, Wilmar Castro Soteldo, que reseñara el diario “El Universal” de Caracas, el pasado lunes 8 de marzo, en voz del periodista que cubre su fuente política, Pedro Pablo Peñaloza, bajo el título “Intentan crear un estado comunal en Portuguesa”; con la declaración que ofreciera el columnista de oposición José Ignacio Casal, una semana después, es decir, este lunes 15 de marzo, al diario “Ultima Hora” de nuestra ciudad, para ripostar aquella; puede denotarse perfectamente la tergiversación en que incurre éste último mencionado, en función “de ayudar” a su cada día más alicaída y fragmentada mesita, sin la menor vergüenza en ser desmontado, como en efecto lo haré en los párrafos siguientes.

Al ex-ministro de Fomento del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez no le importa si se le demuestra o no la distorsión que él hace de un concepto, o el cambio de una palabra y agregación de otra palabra adrede, para ambientar la connotación que quiere para tergiversar. Como viejo “político” educado en la escuela del mentir, piensa que quien lea sus dichos no se molestará en buscar las fuentes que los originó, que de paso no las dice, en su “grave… …llamado de atención a los portugueseños”. Por lo general el lector que lee un infundio, no es el mismo lector que lee el derecho a réplica por ese mismo infundio, como afirman estudiosos de la comunicación. Para este personaje mentir no importa, mientras sirva a un fin.

Cuando explicaba la estructuración de los circuitos comunales y su adecuación práctica, con la finalidad de darle cuerpo al estado comunal, el gobernador Castro Soteldo habló, entre los pasos de trascendencia que éstos debían dar, de la necesidad de "pasar de la tarea estrictamente electoral a una tarea política". Construir un país, es una tarea política.

De esta línea, el tergiversador se agarra y dice, “…a los circuitos comunales, que engloban a los consejos comunales, les va a dar recursos para pasar del mero acto electoral, a la acción política; esto quiere decir que le está pasando recursos de las alcaldías y del Ejecutivo regional, por unos 400 millones de bolívares fuertes, para la acción política…”. Para más adelante agregar una palabra que no aparece en la declaración del gobernador, “…es verdaderamente grave… …primero por ser ilegal, al no poderse utilizar los recursos del presupuesto nacional en la acción política partidista, lo que está prohibido en la ley y quien lo haga debe ser sometido a juicio… ”. ¿Se dieron cuenta que agregó la palabra partidista? A la palabra tarea, que fue la usada por Castro Soteldo, ya la había desvirtuado con las palabras acto y acción.

Este contrabando, que hizo este bribón, esta mentira, creyendo que las demás personas son tontas, fueron una práctica muy usual en el puntofijismo: recrear un escenario para establecer una presunta verdad. Por si alguien no lo sabía, es oportuno recordarlo que fue el gobierno del presidente Hugo Chávez Frías, el que suprimió el financiamiento a los partidos políticos con dineros públicos. La palabra partidista no está agregada allí en forma inocente. Cumple un rol en el subconsciente de nuestros caros lectores, en el desarrollo de la presunta “verdad” que él ha deseado posicionar.

Pero hay en los dichos expresados por José Ignacio Casal algunos referentes necesarios de explicar y contrastar. Debo intuir que el otrora –y costoso− empleado de Emilio Conde Jahn, a cuya sombra hizo la fortuna que ostenta, no se ha documentado sobre la actual arquitectura legal del país y de las nuevas formas de organización. Debo intuir que lleva más una década sin observar la sociedad venezolana. En los consejos comunales participan quienes integran una comunidad en general, sin importar la filiación política que la persona tenga. Difícilmente “la acción política” de un militante de un partido político equis pueda filtrarse u obtener algún beneficio en la tarea política de un consejo comunal, así este militante sea un miembro directivo. No puede. La misma contraloría social y la práctica diaria del consejo comunal lo detecta: es una auténtica democracia. Los proyectos por los cuales solicitan esos financiamientos que preocupan tanto a José Ignacio son elaborados, discutidos y aprobados en asamblea, e incluso, en algunos casos, ejecutados por ellos mismos. Por ese filtro es muy difícil que las viejas mañas puntofijistas se cuelen. Aquí los ojos de las comunidades, engordan sus propios caballos. No los caballos de otros, como ocurría en la IV República.

Hay otra frase del gobernador Castro Soteldo que llamó la atención de Joseíto, “…creo que debemos caminar en ese hilo frágil de la legalidad y de la ilegalidad…”. Es el accionar del ser humano el que crea la ley, no la ley al accionar del ser humano, es un principio elemental del derecho. No entiende que el país cambió. La nueva ley va normando la creación en plena hechura. Hay otro concepto que va más allá de los consejos comunales y de las comunas, y que seguro lo escandalizará más, el poder popular, que es la transferencia total del poder al pueblo, en la construcción colectiva del socialismo.

También aduce Casal que los cuatrocientos millones de bolívares que se invertirán a través de los circuitos comunales, se deberían utilizar para “…velar por la agricultura, porque aquí se vive, se siente y se progresa únicamente por la agricultura, y no se sabe si Castro Soteldo conoce cuánto se puede hacer con Bs.F. 400 millones invertidos en el desarrollo agrícola (vialidad, obras de riego, fertilizantes, infraestructura, entre otras), y no utilizar ese dinero en actividades políticas…”. ¿Interesante, no? Sería interesante también preguntarle a este caballero, ¿quién impuso el actual modelo agrícola a nuestro estado? ¿Para qué sirvió? ¿O para qué sirve? Llama “actividades políticas” al accionar del pueblo organizado y en revolución, pero no siente rubor alguno al exigir el fortalecimiento de la agricultura empresarial capitalista, causante en medida suprema de la desigualdad social de los portugueseños, de la miseria y el hambre en nuestro campo.

Hay otras babosadas en la declaración de José Ignacio, pero, ¡qué fastidio! si tengo ánimo –y tiempo− en otras columnas le dedicaré otras líneas.

lunes, 8 de marzo de 2010

¿Mesa? ¿Democrática?

Es un desgaste terrible de energía −y de tiempo, además−, ponerse uno a contestar cada babosada que se escribe o se dice todos los días, con irresponsable ligereza, por los medios de comunicación, en contra del presidente Hugo Chávez Frías, de su gobierno y del sistema político que él propone: el socialismo.

La oposición venezolana, como viuda del pasado gime, haciendo cualquier cantidad de análisis sobre un presunto avance que tiene, que en el terreno práctico, tangible, no se ve.

El gran elector, por la inmensa mayoría que constituye, que es nuestro pueblo, no se siente identificado en los brumosos motes de “sociedad civil” y “sectores democráticos”, con los que aquella se autoproclama, para diferenciarse del chavismo. Sabio como es, el venezolano intuye que es una treta excluyente para esquilmarlo, para hacer uso de su legitimidad, en contra de sus más caros intereses. ¿Qué pueden transmitirle esos motes? ¿Sociedad civil? ¿Sectores democráticos? No sé. En cambio, pueblo y chavismo, son una sola ecuación y un mismo resultado.

Siempre he dicho que esos cuatro millones y medio de votos que ellos tienen, cuando los estratificas por zonas, le quitas el tirro marca «Chávez, vete ya» que los une, y le pones un rostro y un nombre, esa votación adquiere su tamaño real: el suficiente como para representar a una minoría.

Una cosa es esa votación en un contexto nacional, y otra muy distinta es esa misma votación cuando la segmentas en realidades regionales y locales. ¿Se comportará igual, como cuando enfrenta Chávez, al elegir por lista en Portuguesa a un modesto dirigente de Biscucuy, a quien prácticamente, fuera de su municipio, nadie le conoce en el estado? Está por verse. Y si se le añade la fragmentación que atraviesan por esa misma curul, al parecer la única que obtendrán, la situación les luce bastante difícil.

El tremendo síndrome de mayoría que tiene nuestra oposición les obnubila el panorama de las elecciones del 26 de septiembre, y les hace incurrir en el ostentoso lujo de ir fraccionada, bajo el simplista y falso análisis de tener “muchos líderes”, cuando “el chavismo tiene sólo uno”.

Cuando se analiza desde el mundo al revés, los resultados de dicho análisis siempre saldrán al revés.

Ya el pueblo venezolano no es la masa legitimadora, a la fue convertida por el puntofijismo en los últimos 40 años que antecedieron a 1998. El pueblo venezolano se organiza en revolución, se constituye en poder popular, exige cuentas, y conoce de su fuerza y sabe cómo usarla.

Es cierto que el grueso de ese mismo pueblo fue la base social de ese último período histórico, razón más que se agrega como conocimiento de causa al nivel de conciencia política que hoy muestra.

Nuestro pueblo conoce muy bien a quienes hablan de renovación de liderazgo, cuando nunca fueron líderes, cuando nunca se renovaron; a quienes hablan de democracia, y usaron el poder en contra de ese mismo pueblo que les dio legitimidad.

Las cosas grotescas que uno ve y oye.

Hace días por televisión vi a Enrique Mendoza decir que, “según sus números”, la oposición obtendría “más de cien diputados”. Hay que tener sentido de la proporción. La Asamblea Nacional la integran 165 diputados, y si eso fuese cierto, la oposición no fuese oposición porque controlaría el poder político en Venezuela. Ése fue el mismo mentiroso que les dijo a sus seguidores que la oposición había recogido 27 millones de firmas para el Referéndum Revocatorio de 2004, cuando la población del país oficialmente se ubicaba en 25 millones de personas. Saquen la cuenta, caro lector, de la catadura moral y política de ese personaje.

Producto de la elección parlamentaria del próximo 26 de septiembre, quien haya de controlar la mayoría simple, es decir, la mitad más uno, necesitará 83 diputados; y quien haya de controlar la mayoría calificada, es decir, dos tercios, necesitará 110 diputados. Y la oposición venezolana no cuenta con el caudal electoral suficiente para aproximarse a esos números.

Modestamente les doy un parlamentario en cada estado por lista, es decir, 24 diputados; más los parlamentarios que obtendrían en los circuitos donde poseen fuerza real, que pudiera ser un poquito más de la mitad de lo que obtuvieran por lista, es decir, en sumatoria, entre 36 y 40 diputados. Más de ahí, no. Aún así, les faltaría mucho para llegar a un tercio de los integrantes totales de la nueva Asamblea Nacional.

Es un deber ético desmontar las matrices que a este respecto surjan, aunque ello implique un desgaste terrible de energía.

Siempre todo esfuerzo su saldo positivo deja.

martes, 2 de marzo de 2010

José Cortés de Madariaga, el Canónigo de Chile

En mi artículo de opinión de la semana pasada, «Casa León y su tiempo», producto de un lapsus mentis, le puse “una sotana” y “un dedo inducidor” al escritor español Salvador de Madariaga, el mismo que en 1951 editó una biografía sobre nuestro Libertador Simón Bolívar desde la óptica positivista, cuando me interrogo, “¿Qué papel jugó Salvador de Madariaga, más allá de su sotana y de “su dedo inducidor”?” (sic). Obviamente no refería a él, sino a José Joaquín Cortés de Madariaga, un controvertido personaje, que, gracias a ese lapsus mentis, me motiva para el tema de hoy.

Vista la cercanía del Bicentenario del 19 de abril de 1810, y dada la recurrente anécdota en que se ha convertido la participación política de este clérigo aquel día, es bueno decir que no fue sólo por su dedo, en movimiento de negación a espaldas del Capitán General Vicente Emparan, cuando aquel preguntaba al pueblo si quería o no que él lo siguiese gobernando, el hecho que lo hace entrar a la historia, o más bien el hecho que lo reduce a una parte fragmentada y fugaz de la historia y, en algunos episodios de enmarañada pasión de esa etapa emancipadora, ¡irónicamente! el hecho que lo lanza al olvido de la historia.

Para ese entonces siendo él una extrañísima mezcla de cura y francmasón, frente a los demás sacerdotes que vivieron aquellos acontecimientos históricos, evidentemente era una figura revolucionaria. Siglo y medio antes de que naciese en nuestras tierras la Teología de la Liberación, José Joaquín Cortés de Madariaga ya esgrimía el verbo encendido del ser independentista sin importar los hábitos clericales que portaba, no como otros que por esa fecha jugaban al ni-ni, diciendo "…No es mi ánimo entrar a demostrar la justicia, la necesidad y la oportunidad en que nos hallamos de declarar la independencia. Dos cosas solo deseo: la primera, acreditar que mi estado eclesiástico ni me preocupa ciegamente a favor de los reyes, ni contra la felicidad de mi patria, y que no estoy imbuido en los pretigios ni antiguallas que se quieren oponer contra la justicia de nuestra resolución que conozco y declaro. La segunda, es que Guanare a quien represento, no se tenga por obstáculo para la independencia cuando se crea necesaria…"1, mientras ocultaban a “honorables españoles” de la Real Hacienda al paso de la Campaña Admirable.

De aquel embrión emancipatorio en que participaron nuestros sacerdotes, y en confrontación siempre las dos clases sociales conocidas, con sus dos proyectos históricos antagónicos, faltarían 170 años más para que los descendientes de Madariaga y otros tantos curas rebeldes rubricaran su desiderátum terrenal con la opción preferencial por los pobres, en los documentos de Puebla y Medellín.

Vicente Basadre, último Intendente de la Colonia en nuestro país, en sus «Memorias Escritas», informa de la particular actuación del padre Madariaga ese memorable día, “…Inmediatamente gritaron varios de la plebe instigados de los enemigos ocultos, por un gobierno libre e independiente. A las nueve de la mañana vinieron a mi casa un Capitán y dos granaderos con sable en mano, con orden del Ayuntamiento de que pasase inmediatamente a las salas Capitulares, lo que ejecuté inmediatamente y encontré en ellas a todos los Regidores, Alcaldes, Ordinarios, Síndico, Asesor de Gobierno, Subinspector de Artillería, y sucesivamente fueron llegando la Real Audiencia, Prelados de las religiones, y muchos individuos particulares de todas las clases, como militares, paisanos, Abogados, Médicos, Cirujanos, Boticarios y Colegiales. El que llevaba la voz era Don José Cortés de Madariaga, Canónigo de Merced de la Santa Metropolitana Iglesia de Caracas, y natural de Chile, siendo conocido vulgarmente por el canónigo de Chile. Este hombre de carácter revolucionario (muy parecido al Canónigo Calvo, de Valencia, menos en lo sanguinario) y muy adepto a la independencia, como lo aseguran, seguía en correspondencia con los principales motores de la revolución de Quito; empezó a hablar con un estilo muy decisivo, imperioso e insultante, diciendo en sustancia, que España estaba perdida; que el Consejo de Regencia era nulo e ilegal. Que Cádiz, único punto que poseíamos, no era la Nación española. Que los papeles recibidos el día anterior eran falsos, capciosos y seductivos, por lo que el pueblo le había conferido poder para crear en Caracas un Gobierno independiente…”2. Lo reseñó para la Historia un hombre de la Corona española, Madariaga no era el acuseta cobarde que desvía una decisión a espaldas de su adversario; era un revolucionario de aquellos que organizan, agitan y propagan.

Engrillado y preso, fue enviado a Cádiz, junto a Juan Germán Roscio, una vez violados los acuerdos de la Capitulación de Miranda, por parte de Domingo de Monteverde.

Fiel a Miranda vivió hasta el final de sus días, en la población colombiana de Río Hacha, en 1826, a escasos cuatro meses de cumplir los sesenta años de edad. Fue el Generalísimo quien lo trajo, con la inmensa red de contactos internacionales con que contaba, desde su lejano Santiago de Chile, hasta una canonjía en la Catedral de Caracas, en 1803, en función de los planes políticos que se desarrollarían en los años posteriores. Pertenece a la sociedad secreta de nuestro venezolano universal. Al desplomarse la Primera República, todos los cuadros políticos mirandinos fueron perseguidos y presos.

Quedan para el reino de las hipótesis, como gustaba decir el viejo Trino Meleán, que a su regreso de Cádiz en 1816, su no contestación a las cartas del Libertador en las que le pedía su apoyo, y al año siguiente, en 1817, su sumatoria al Congresillo de Cariaco, junto a Santiago Mariño, haya influido su lealtad al Precursor de Nuestra Independencia.

Sirvan mis letras de hoy para recordarlo a 200 años de aquellos hechos, y en cierto modo para cubrir mi falla por haber confundido su nombre en mi artículo anterior.



Fuentes consultadas:

1)es.wikipedia.org/wiki/José_Vicente_de_Unda.

2)“La Economía Americana del primer cuarto del siglo XIX, vista a través de las Memorias Escritas por Don Vicente Basadre, Último Intendente de Venezuela”, Manuel Lucena Samoral, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Nº 33, Caracas, 1983. Pág. 172. (Subrayados nuestros).

lunes, 22 de febrero de 2010

Casa León y su tiempo

Mario Briceño-Iragorry, ese compatriota nuestro, historiador positivista, cuya obra bibliográfica no me cansaré de promover, en función de su lectura reflexiva, en un libro suyo, describió las andanzas de un perverso malandrín de inicios del siglo XIX, llamado Antonio Fernández de León.

Ahora que se aproxima el Bicentenario del 19 de abril de 1810, sería interesante que uno, como curioso del oficio, así como otras personas amigas, con acreditada especialización, les acerquemos información a nuestros caros lectores sobre un conjunto de personajes olvidados e ignorados, que vivieron aquellos hechos.

Tal es el caso de Antonio Fernández de León, que fue recogido bajo la hermosa escritura de Mario Briceño-Iragorry, en su libro “Casa León y su tiempo”, editado en 1946.

¿Alguno de nosotros se ha preguntado el antes y el después de aquellos históricos acontecimientos, que dieron origen a nuestra República? Pero en interioridades como, ¿quién delató a Manuel Gual y a José María España, e incluso tuvo participación directa en sus martirios? ¿Quién, en 1808, se adelanta al 19 de abril, con fines personalistas, “protestando a favor de los derechos de Fernando VII”? ¿Qué papel jugó José Joaquín Cortés de Madariaga, más allá de su sotana y de “su dedo inducidor”? ¿Cómo terminan su vida figuras tan importantes de ese día, como Juan Germán Roscio, por ejemplo?

Mariano Picón Salas, en el prólogo de esa primera edición de 1946, sostiene que Casa León dejó de ser un personaje para convertirse en una clase social, la del traidor consumado: traiciona al Rey, para cortejar a Miranda; traiciona a Miranda, para cortejar a Monteverde; traiciona a Monteverde, para cortejar a Bolívar; traiciona a Bolívar, para cortejar a Boves, “y de Boves trata de pasarse a Páez, a no ser porque el astuto llanero ya no necesita de este anciano chapetón cuyo repertorio de mañas se ha agotado en los diez años más tormentosos de nuestra vida republicana”. ¿Para qué Páez iba a necesitar de Casa León, si ya traía consigo a Miguel Peña?

“Casa León y su tiempo”, contiene las actas de las capitulaciones de Miranda y Monteverde, los documentos de las delaciones de Gual y España, y de los revolucionarios firmantes de nuestra Acta de Independencia, con recomendaciones específicas para cada caso; todos terminaron con sus huesos en el Castillo del Morro, en San Juan de Puerto Rico, con cadenas perpetuas, por haber realizado nuestro primer documento republicano. De Casa León fue la traidora mano de estos hechos, así como del último suplicio de nuestro Generalísimo, Francisco de Miranda.

También en este maravilloso libro de don Mario se describe la corrupción administrativa de las rentas de la Colonia y de las primeras rentas de la República incoadas por este fatídico personaje; y de la apropiación de las tierras fértiles del valle de Tapa-Tapa, en el estado Aragua por medio de este mecanismo. Quien hoy día salga del túnel de La Cabrera con dirección a Maracay, una vez haya leído “Casa León y su tiempo”, podrá imaginar con mayor facilidad, cómo 200 años atrás un vagabundo con mil caras falsas, se enriqueció, a través del trabajo esclavo y del robo, de la prosperidad de esos predios.

Si inferirnos, como Mariano Picón Salas, que Casa León es una clase social, entonces el libro nos permitirá identificar a nuestro personaje más cercano, teniendo mejores herramientas para combatirlo, para desenmascarar sus argucias y reprochar sus mil formas de corromper.

Es una lucha política de nunca acabar, ésa de señalar Casa Leones, pero es apasionante, educativa y aleccionadora.

El nuevo cierre, según Yorman de Jesús

El brillante aedo guanariteño este domingo 31 de enero, casi que instantáneamente, respondió a mi artículo “El nuevo cierre” del pasado miércoles 27 de enero, arrogándose una destemplada vocería, que me servirá para agregarle nuevos elementos al tema.

Para los caros lectores de este espacio, sobre todo a aquellos que sean menores de 35 años de edad, y a aquellos que recién estén fijando su residencia en Portuguesa, y no conocen bien al personaje, les adelanto que es un buen amigo mío: Yorman de Jesús Tovar.

Amistad que se ha concretado gracias a la vocación que ambos sentimos por las letras y por el paladeo –ahora no con la misma frecuencia de antes− de algún escocés, o de un frío y espumoso elíxir amarillento, como proclama fiel del más insolitista de los hedonismos. Amistad que para nada ha sido impedimento a la hora de dirimir en público alguna interpretación política, de las que permanente y diametralmente opuestas tenemos, pues, como es bien sabido, él es un hombre de derecha, y yo soy un hombre de izquierda.

Además de necesario el debate, sirve para colocar en perspectiva posturas y planteamientos, ante un tiempo histórico que exige definiciones.

No sé si Yorman de Jesús se habrá dado cuenta de ello, pero la agresividad y maledicencia del lenguaje que usa, lo direcciona de la derecha a un fascismo recalcitrante del que no tendrá retorno alguno, le anula toda expresividad y belleza literarias que su prodigiosa inteligencia es capaz de dar, y lo convierte en un hombre solo y amargado, presa fácil de la disociación psicótica, que no me cansaré de denunciar.

La propia derecha portugueseña no le ha permitido −y nunca le permitirá− un espacio, pues su escritura rinde muy pocos aportes a los intereses que ésta busca. Ni siquiera puede aplicársele la categoría de “intelectual orgánico” creada por Gramsci, puesto que, exceptuando a Iván Colmenares y a Ricardo Gutiérrez, la derecha en Portuguesa apenas sabe leer y escribir, como para meterse en el tremendo esfuerzo que implica razonar la política como ciencia. Un letrado poco eficiente sirviendo a un pocotón de bichos que raras veces leen. Trágico papel.

Me imagino la terrible contradicción que debe existir entre la pluma del sibarita y nocherniego autor de «Maldigo el amor y lo sigo amando», digna del mayor elogio con la copa alzada, a la caza de amoríos furtivos y al acecho de encomiables aventuras; en contraste con el vetusto planteamiento conservador, ahistórico y achacoso, del columnista dominguero, lleno de odio y teniendo por toda compañía la soledad de sí mismo. Como dice el genial poeta Orlando Pichardo, “la poesía no admite ni hace trampas”. Ojalá el poeta venza en esta lucha interna.

¿Tú estás consciente de lo que defiendes, Yorman de Jesús?

Te confieso que para nada hacen mella en mí tus calificativos de “lacayo”, “marioneta” y “loro repetidor”, que de manera indirecta me haces, tampoco los insultos y descalificaciones con los que “acribillas” a la dirigencia del chavismo (léase, sabandijas, rábulas, títeres, etc.), a la cual tú acudes, por carecer de una argumentación política sólida para convencer.

En cambio, sí, me lastima mucho cuando agredes al pueblo.

En otros artículos tuyos he visto cómo dañas a tu propia gente, Yorman de Jesús, al pueblo, al que perteneces. Cuando les dices “focas”, “pendejos franelas rojas”, o cuando te burlas de ellos, porque van a comprar comida en las redes “Mercal” y “Pdval”. Precisamente tú, que no eres propietario de ningún medio de producción; que, como yo, eres despreciado por la pequeña burguesía agrícola de este estado; tú que has visto a cuántas madres deslomarse, envejecerse, trabajando, sin ninguna protección social y laboral, para que sus hijos estudien en una universidad, “y sean alguien en la vida”. Ése es el pueblo, Yorman de Jesús, la gente trabajadora, que desde la madrugada, con su trabajo, nos da alma y valor, sentido y corazón, para seguir escribiendo. No cantes a quienes quieren perpetuar ese estado de servidumbre. ¡Cántale al pueblo, carajo!

En cierto modo le hallo razón a la derecha portugueseña cuando esgrime que tus escritos no la ayuda, pues con semejante columnista jamás recuperarán las bases sociales que una vez le pertenecieron.

Ese canal de televisión que defiendes, “esa (presunta) ventana cultural”, ha llevado la más absoluta prostitución a los hogares venezolanos, a la sociedad venezolana. La programación que reseñas se hizo cuando William H. Phepls y Amable Espina aún vivían, y los capitales colombianos ni siquiera pensaban aparecer en la planta televisiva, con toda su secuela de podredumbre. Yorman de Jesús, en esos espadazos, le hablaste fue a personas que están por encima de 40 años. Diles a esas mismas personas qué piensan de “Ají Picante”.

Ese tipejo llamado Marcel Granier, “quien está hecho de una pasta diferente”, es tan racista y elitesco, que si se llega a enterar que un escritor de hermosas glosas lo ha defendido, pero que aparte, ese escritor de hermosas glosas es de origen pobre y campesino, y encima negro (Y acordaos que “Negro es un bello color”), será tan grande su repulsión, que en realidad comprenderás que él sí está hecho de una pasta diferente. Dura comprobación.

Para ir finalizando, te recomiendo la lectura bien detenida, del artículo Nº 2, del decreto presidencial Nº 1577, publicado, en Gaceta Oficial Nº 33.726, el 27 de mayo de 1987, donde el presidente de la República de entonces, Jaime Lusinchi (Ojo, no es Hugo Chávez), determina el destino de los bienes que se obtengan producto del usufructo del espectro radioeléctrico por la concesión que a 20 años se otorgaba a ese canal. Ese artículo no se cumplió, al momento en que se hizo efectivo el no otorgamiento de la concesión. Y tú afirmas, “con los aparatos robados al canal”. Creo eso es lo más grave de todas las cosas que dices.

¡Salud, poeta!

El nuevo cierre

Hay palabras y frases que, por su aparente sutilidad e inocencia, la oposición venezolana y sus socios mediáticos usan, buscando un fin distinto al que éstas explícitamente proponen. Es un uso por lo general, bastardo. Si no fuese por la secuela psicótica y disociadora que ellos dejan en un segmento –por fortuna cada vez más pequeño− de nuestra población, y por la seriedad clínica que revestirá encarar su recuperación algún día, resultaría divertido oír a aquellos hablar de “nuevo cierre”, ante la bravuconada de RCTV de no ceñirse a la ordenación legal que rige su actividad social y comercial. Recalco, su actividad social y comercial. No su actividad política. Ésta última no está especificada en sus registros y permisología, por la cual, violando su naturaleza empresarial y asumiendo roles reservados a los políticos, han hecho punto de honor, sin lógica alguna ni sustento jurídico.

¿Cómo puede volverse a cerrar algo que ya “estaba cerrado”? ¿Cómo entender eso de “nuevo cierre”? ¡Alguien está mintiendo! Pareciera un avezado trabalenguas, en el cual Sócrates haría delicias desentrañando sus argucias y su ética en un diálogo de nunca acabar, sino fuese porque el contenido engañoso es tan evidente que no amerita siquiera una disquisición.

La Norma Técnica sobre los Servicios de Producción Nacional Audiovisual de Conatel califica que un canal de televisión por suscripción es nacional cuando el 70%, o más, de su programación es producida en el país. En consecuencia, el canal de televisión por suscripción calificado, por este mecanismo legal como tal, deberá cumplir con todo lo establecido en la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión. Y la programación de RCTV es nada más y nada menos que 94% de producción nacional.

La exigencia del Estado venezolano es el fiel cumplimiento a dicha legislación para poder operar.

Pero el tema sirve a propósitos políticos.

Se argumenta que es únicamente para obligar a RCTV plegarse a las cadenas presidenciales, lo cual constituye una verdad a medias. Dentro de la exigencia está ello, pero su ámbito es mayor. También se le exige, como canal de televisión nacional, el respeto a los tipos de programas, elementos clasificados, transmisión de mensajes oficiales de interés colectivo y la difusión del himno nacional, entre los demás articulados de la ley.

Bajo el rótulo de canal internacional se burlaba la normativa y, aparte de los continuos y enloquecidos llamados al desconocimiento de la Constitución en sus programas de opinión, transmitían escenas de sexo y violencia sin importar el horario, sin importar que pudiesen estar niños viendo toda esa basura de degradación social en las horas que la ley reserva para ellos.
¿Por qué no se dice también que de 286 canales internacionales, 164 de éstos consignaron su documentación ante Conatel, y fueron calificados como Productores Nacionales Internacionales, y que el resto se presumen sean Productores Nacionales Audiovisuales, que estaban bajo esa adscripción “de internacional”? ¿Por qué no dicen que Conatel, además de RCTV, está notificando también a 81 canales de televisión más que no presentaron su documentación? ¿Por qué unos pudieron y otros no? ¿Por qué RCTV se niega a cumplir la ley?

Los antecedentes recientes de esta planta televisiva nos dan un panorama. La concesión por veinte años, otorgada durante el vergonzoso oscurantismo lusinchista, para el uso del espectro radioeléctrico del país, que venció el 27 de mayo de 2007, el Estado venezolano bien pudo habérsela renovado. Sólo que, es bueno recordarlo, las constantes violaciones a la ley, la promoción de la violencia, del golpe de Estado de abril de 2002, del paro petrolero y del desprecio de clase hacia los pobres de Venezuela, a los que recurrieron, fueron sustanciando un legajo por el cual el Estado venezolano optó por la no renovación de dicha concesión.

Sin embargo, se les permitió salir por cable, para que siguieran haciendo lo que antes hacían por señal abierta. Y aún así, Diosdado Cabello, hoy les indica que si ajustan su programación a las exigencias, a la Norma Técnica y presentan su documentación, perfectamente pueden volver a salir por las cableras.

Lo que pasa es que han gritado tanto −y han luchado tanto− por el “nuevo cierre”, que no escuchan al ministro señalándoles la única salida que tienen.

Cuando racionar ayuda a razonar

El fenómeno climatológico conocido como «El Niño», que prácticamente ha sometido a Venezuela a tres períodos de sequía continuos; y las distintas cuestiones de orden doméstico, que no se pueden evadir al abordar su problema eléctrico, son eslabones resultantes de un modelo de vida, que hoy tiene al mundo ante la cruda realidad de su extinción.

En un poco más de cien años hemos consumido y destruido los bienes que la naturaleza tardó millones de años en crear.

La iniciativa humana, aquella que por voluntad propia recorrió territorios inimaginables y los pobló; aquella cuya inteligencia proveyó de métodos y técnicas −cada vez más avasallantes, más sofisticadas− a su desarrollo; aquella que con arte, tocó las más sensibles fibras de la belleza, y que con ciencia, elevó su condición y ser a estadios asombrosos, ahora se muestra incapaz de revertir las consecuencias de su audacia, de su aventura indetenible.

En el sistema de producción capitalista está el origen del desastre ambiental y del desequilibrio climático que padecemos, y en su modelo de vida está la lógica irracional que nos impide la concreción de soluciones, incluso en situaciones aisladas y específicas, como el ámbito geográfico de un determinado país.

Si los Estados Unidos, y su american way of life, con el 5% de la población mundial consumen el 25% de toda la energía que se produce en el planeta, se puede inferir con facilidad la inviabilidad de su hegemonía capitalista. No son un ejemplo para alguien. Su ética, como carga colectiva, modela el despilfarro y la falta de escrúpulos; su moral, como principio individual, manifiesta un profundo desprecio por el ser humano. El llamado primer mundo, representado en una docena de países –que se consumen un 60% de la energía producida−, es sólo un reflejo cómplice de un sistema de producción que amerita ser erradicado, o desapareceremos inexorablemente como especie, y con nosotros desaparecerán también las demás formas de vida que nos acompañan.

Venezuela, y su decidida opción por construir el socialismo, se abren paso en ese dramático cuadro, que nos afecta en sus diversos aspectos.

El pasado período lluvioso, por los efectos del fenómeno climatológico «El Niño» se convirtió en período de sequía, limitando el caudal de nuestros afluentes en el Alto Caroní, lo que, a su vez, incide en la capacidad de nuestro más importante embalse hidroeléctrico, ubicado en su parte intermedia. En Guri se produce el 70% de la energía eléctrica que se consume en el país, y el nivel de sus aguas se está reduciendo a razón de 10 centímetros diarios, en detrimento de la generación eléctrica, hecho real que enciende las alarmas, máxime aún cuando faltan cien días para que se inicie el período lluvioso correspondiente a este año.

Este punto del racionamiento eléctrico es una magnífica oportunidad para que el país todo se integre alrededor de un aspecto de común afectación. Sin embargo, la politiquería, y su odio como praxis, no permiten divisar al país y a sus más caros intereses en este delicado escenario, sino al enano provecho que se obtiene de la migaja logrera, el oportunismo ramplón y la cobardía apátrida.

El comunicado publicado este domingo 17 de enero por los socios mediáticos de la oposición venezolana, en el cual ésta última “exige el cese inmediato del racionamiento eléctrico”, no es más que otra irresponsabilidad, de las tantas cometidas en contra de la patria.

Los once pedacitos de la llamada Mesa de la Unidad Democrática –que juntos no llegan a un 15% electoral−, plantean allí que es “discriminatorio” con los demás ciudadanos y regiones de Venezuela el trato dispensado a la ciudad de Caracas por no aplicársele recortes de energía, donde hay un metro que funciona con electricidad y moviliza a más de dos millones de personas, y un sistema de semáforos que de fallar provocarían un colapso brutal. Es estúpido el planteamiento, y se le ven las aviesas costuras de su fin. ¿Qué pretenden? ¿Volver al país en contra de Caracas? Y proponen dos brillantes soluciones: un nuevo racionamiento, “acordado con los ciudadanos” y adelantar una hora el huso horario legal, “para aprovechar mejor la luz solar”. Por cierto, ésta última propuesta ya se hizo en el 2007, con la infaltable oposición acérrima de ellos.

Es vital entender y colaborar con el racionamiento eléctrico, ser consciente que sólo con la unidad nacional superaremos la contingencia. Si visualizamos su importancia en este tiempo de carencia, crearemos disciplina y manejo correcto, para cuando vengan las mejores bonanzas; no quedarnos sólo allí, aplicarlo en renglones valiosos como el agua, los alimentos y los recursos monetarios.

Racionar en los momentos difíciles, ayuda razonar y valorar lo que se tiene, en todos los tiempos y en todos los espacios.

domingo, 21 de febrero de 2010

El desaliento como táctica y otras menudencias

«Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza»
Simón Bolívar
15 de febrero de 1819


«Tonto es aquel que piensa que la demás gente es tonta», es un juicio certero y sentencioso que a diario esgrime nuestro pueblo a modo de blindarse, aprendido sobre su propia experiencia, y demuestra para qué sirve el ingenioso antídoto de sus poderes creadores(*); mezcla de sintagma y apotegma, de descripción narrativa circular, fácil entendimiento y rápida síntesis, que desmonta las perversas manipulaciones de información y las elaboraciones ajenas a nuestro arraigo, que con tales y cuales la oposición venezolana y sus socios mediáticos pretenden, a través de nuestra quiebra moral, volver a dirigirnos.

Nuestro pueblo defiende su esperanza y su porvenir, y sabe que en su historia y en su cultura están las claves políticas que jamás permitirán su derrota, y menos que sobre sus hombros se abalance un nuevo coloniaje.

Una de esas elaboraciones que menos se parece a nosotros y que más han utilizado para desconfigurarnos, es la del desaliento. Transmitir, transmitir desaliento a toda costa. El uso de esta elaboración ha sido tan, pero tan abusivo, que por parte de ellos mereceríamos como mínimo de una disculpa. La realidad los hace fracasar una y otra vez, y son tan contumaces que persisten; el alto nivel de disociación psicótica que poseen los ha llevado a “fabricarse” otro país, con otra gente, sus propias estadísticas, su idiosincrasia, su territorio y sus bienes; afortunadamente a estas dos últimas ficciones no pueden vender, como hubieran querido vender también, sino fuese porque en el capital la mercancía a comprarse debe ser tangible; es decir, expresarse en un valor material e intercambiable.

Se necesita no conocer un ápice la historia de Venezuela y al venezolano como tal, como para proponer al desaliento como táctica, dentro de una estrategia que implique su dominación política y el usufructo de sus riquezas, en provecho del sistema capitalista mundial. Se necesita además no tener patria para servirle de cipayo a esos intereses, que en nada tienen que ver con nosotros.

No se tiene registro que en el tiempo inmemorial precolombino sobre estas tierras haya habido reinado indio alguno, sólo rebeldía y liderazgo de pueblos libres; luego resistencia y mestizaje, pero nunca entrega. En el período de la colonia fuimos lejana capitanía general, propicia para el trabajo esclavo brutal y embrutecedor, así como para el inicio de nuestras indómitas cimarronadas levantiscas; uno como causa y las otras como efecto, ambas, simbiosis entrópica, constituyen un legado que no admite resignación ni olvido. En el período de independencia y ahora en la república siempre hemos sido río desbordado y no redil; siempre hemos sido generosidad oportuna a algún hermano, sin facturas qué cobrar al menor chance; siempre hemos sido libertad, y libertad es un elevado estadio político de convivencia, sin estrategias de dominación, tácticas de desaliento, ni servilismos apátridas.

Basta sólo con ojear un periódico, oír la radio, ver la televisión o abrir el internet, para que nos salte encima esa poderosísima avalancha cuyo objetivo final es destruir al país, mediante nuestra desmoralización y reducción a nada. Para este juego se prestan toda una caterva de peones con la falsa ilusión de que si llegasen a lograr su propósito, ellos dirigirían lo que llaman la reconstrucción, en el papel de reina, olvidando que son ínfimas piezas de un ajedrez mayor que ni siquiera está dentro del país, olvidando que sirven a un poder con sede en los centros capitalistas del mundo que los desprecia profundamente, no menos con razón.

En diciembre de 2008, me topé en la ciudad de México con algunos venezolanos que a niveles medios participaron en el paro petrolero de diciembre de 2002 y febrero de 2003. Trabajan para contratistas prestatarias de servicios a las grandes firmas petroleras, son subcontratados y no son bien vistos por el imperio de las Siete Hermanas. El axioma es bien claro, “si usted atentó contra su propia empresa, quién garantiza que no intente hacer lo mismo con una que no es suya”. “Si usted atentó contra su propio país”, agregaría yo. Son tan imbéciles que se consideran con suerte, yacen en un desaliento nostálgico y, al menos en esa fecha, no habían hecho aún la revisión retrospectiva espiritual que todos nos hacemos alguna vez en la vida ante nuestras acciones. Para ese entonces ni siquiera se habían dado por enterado de la vil utilización de la que fueron objeto: son los propios estúpidos.

No hay un solo punto en que la oposición venezolana y sus socios mediáticos se encuentren, no con el chavismo, con el país. Aducen cualquier barbaridad para descalificar todo lo que se hace, desconocen que hay un país real que vibra, que vive, que sueña, y al cual ellos una vez pertenecieron. Se hacen llamar “sociedad civil” y “sectores democráticos” para no mezclarse con el pueblo y, lo más doloroso, para que no los confundan con el pueblo. La estrategia de dominación, de la que ellos son las primeras víctimas, les ha creado un terrible síndrome de mayoría, que les permite ignorar, o desaparecer como por arte de magia, a 70 años de exclusión social, y plantear como propuesta política al mismo modelo económico que la creó.

Cuando nuestro pueblo dice “tonto es aquel que piensa que la demás gente es tonta”, está apelando al reverso dialéctico de aquel dramático llamado del Libertador Simón Bolívar, en el Discurso de Angostura, “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza”.

No nos contagiarán su desaliento. A todo le tendremos su oportuna respuesta.



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(*) El poeta venezolano Aquiles Nazoa fue quien acuñó el feliz concepto. En uno de los versos de su poema «El Credo» dice, “creo en los poderes creadores del pueblo”, para referirse a la sabiduría de nuestra gente, a su más férrea voluntad para salir de las encrucijadas, de las dificultades. La Constitución Nacional de 1999 lo recoge en la primera oración de su preámbulo de la siguiente manera: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana”…

Mensaje sin destino

Al sumergirme en el tema de la formación de la conciencia social y deleitarme en su abundante bibliografía nacional, me reencontré con Mario Briceño-Iragorry, un valioso escritor nuestro ya fallecido, quien, hoy, salvo en nuestras exquisitas élites intelectuales, es muy poco conocido por la inmensa mayoría del país; y con él, me reencontré también con una interesantísima visión suya al respecto llamada «Mensaje sin destino». Libro pequeño en tamaño y gigante en contenido, publicado en 1951; allí vierte dos conceptos que se cruzan y alimentan entre sí, “la densidad histórica” y “lo permanente venezolano”.

«Mensaje sin destino» no se puede leer solo, como una pieza aislada. R.J. Lovera de Sola, en su prólogo a la quinta edición de Monte Ávila Editores en 1998, recomienda complementarlo, pues “pertenece, dentro del pensamiento venezolano, a la serie de libros producidos en las horas «encrucijadas» de la nación”1. Y propone como complemento, «Manual político del venezolano» del prócer Francisco Javier Yanes; «El personalismo y el legalismo» de Jesús Muñoz Tébar; «El presidente» de Rafael Fernando Seijas; «Mosaico de política y literatura» de Luis López Méndez; «La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana» de Augusto Mijares; «Hacia la democracia» de Carlos Irazábal; y «Venezuela violenta» de Orlando Araujo.

Yo, siguiendo a Lovera de Sola, agregaría a ese listado tan consistente y útil, «Labor venezolanista» de Alberto Adriani; «Servir al pueblo» de Alí Rodríguez Araque; y «La industrialización de Venezuela en el siglo XX» de Orlando Araujo, como para redondear el quid de la cuestión, en esa afanosa y urgente tarea que tenemos de conocernos a nosotros mismos.

Al recomendarse estas magníficas lecturas como estimulante teórico del concepto que don Mario vertiera acerca de “lo permanente venezolano”, y su aparejada conciencia social que forma en consecuencia, se comprueba la existencia, al menos en lo historiográfico, del concepto de “densidad histórica”, del cual él mismo se lamenta en «Mensaje sin destino» por carecerse en la vida cotidiana del venezolano de entonces, de 1951.

Por “densidad histórica” se entiende a la profundidad de la Historia misma en su función de componente raigal en el quehacer de un pueblo y a su necesario conocimiento general por parte de todos y cada uno de sus integrantes; y por “lo permanente venezolano”, al reconocimiento de su herencia consolidada en patria, la cual configura al patrimonio del origen y a la identidad como elemento común integrador en nuestra vida y destino, además de darnos “sitio honorable en el concierto universal de las naciones”2.

Ambos conceptos son esenciales conocerlos y aplicarlos en la formación de nuestra conciencia social como pueblo, como venezolano. Saber de dónde venimos; a qué savia pertenecemos; conocer qué accionar humano y bajo qué circunstancias en un tiempo multiplicado nos hizo historia; por qué tenemos un espacio telúrico que nos da conexión y geografía; y hacia dónde vamos: la conciencia es su amalgama, y el carácter social, determina su preservación, defensa y trascendencia.

El contenido nacionalista en la lectura de Mario Briceño-Iragorry nos marca una ruta en el sentido de desenmascarar a la clase dominante y a sus intereses, a quienes hoy no tardan en aliarse con el enemigo de la patria en pos de algún mendrugo, a pensar el cuerpo nacional como un todo único, a la valoración de nuestro ser patriótico, como magistralmente se logra en otro de sus libros, llamado «Casa León y su tiempo».

A quien lea estas líneas es imperativo acotarle que la interpretación de la historia en Briceño-Iragorry se realiza desde la óptica del positivismo, y que su lectura dentro del período histórico que hoy vive Venezuela, reflejado en su decidida opción por construir el socialismo, exige disgregar en contextos ambas percepciones, en aras de tener bien claro el objetivo que se persigue, y de asimilar con mayor claridad la hora presente.

Son diecisiete ensayos breves los que integran «Mensaje sin destino», pero dejan un cavilar profundo acerca de lo que somos y de lo que hemos sido, y, pese a casi 60 años de haber sido publicados, dan un impulso renovado y renovador al indoblegable espíritu de lucha que todos debemos tener, en la construcción de la patria.




Fuente consultada:
1) «Mensaje sin destino», Mario Briceño-Iragorry, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 5ta. Edición, 1998. Pág. X.
2) Ob. Cit. Pag. 81.

Disociación psicótica y conciencia social

Es increíble el tremendo bombardeo mediático al que es sometido el pueblo venezolano todos los días, por parte de un accionar político, inescrupuloso y sin patria. Nunca en Venezuela, en ningún período histórico, una oposición contó con tan poderosísima capacidad de instrumentos como ésta, concretada en enormes centimetrajes de prensa e interminables minutos de radio y televisión; en manejos sesgados de la información y en técnicas psicológicas de masas; además del personal y de la vasta red tecnológica que, en todo el territorio nacional, los propietarios de medios de comunicación, ponen a su servicio. Por supuesto, al entrar en contradicción con nuestro proyecto nacional de país y ante su carencia de auténticos cuadros políticos como portavoces del “mensaje”, todo ese formidable arsenal se diluye; sin embargo, como producto de su uso abusivo, un segmento –valioso y trabajador− de nuestra sociedad quedó aprisionado en la disociación psicótica, especie de patología mental colectiva que antepone “una realidad ficticia” a su propio discernimiento y análisis crítico en cuanto a lo que realmente acontece en una determinada situación; la cual, como patología al fin, tardará mucho tiempo en sanar, y por cuyo daño ningún adalid de éstos, ni político ni mediático, se hace responsable.

Así como Venezuela, igual como en las primeras décadas del siglo XIX, vuelve a jugar un importante papel como vanguardia en las corrientes de cambio, de dignificación política y de liberación nacional que se materializan en el Continente; en el contexto internacional, debido a su indiscutible liderazgo desarrollado, es supremamente perentorio acotar, como consecuencia de ello, que la tiranía mediática global, fabricante de mentiras y recetarios, por medio de sus transnacionales, despliega una brutal desinformación a los demás pueblos del mundo acerca de la forma de gobierno que, en sucesivas ocasiones, y por intermediación de elecciones democráticas, hemos decidido darnos.

El esquema operado es bien sencillo: manipulación perversa de información y disociación psicótica hacia adentro; desinformación brutal hacia afuera.

Como contrapartida, también es bueno resaltar que esos mismos pueblos del mundo responden, a escala planetaria, en el terreno de la lucha de clases, que, disyuntivamente, se plantea entre vida o muerte; entre la sustitución de un modelo consumista que todo destruye o la desaparición indefectible de la especie humana; entre la libertad por un futuro mejor de las grandes mayorías o el sometimiento por parte de una pequeña élite enriquecida que ofrece al resto −y para su beneficio− mayor sometimiento.

¿Cómo puede un pueblo como el venezolano soportar tanto? Gracias a la formación de la conciencia social.

Los pueblos no se suicidan. Al reconocerse como parte integrante de un todo único, cualitativo y diverso, como la lengua y sus sentires, sus conjunciones corporales y plásticas, la hechura de sus manos; el sonido armonioso de tierra y territorio, su conexión telúrica, viéndola reflejada en la inmensidad multicolor de las aguas que habitan su musical unión indisoluble; el sincretismo de saberes y formas que se confrontan y amalgaman constantemente hasta ser un solo barro expresivo; el saberse hermanado por la convivencia; la construcción individual multiplicada a través de milenios, y convertida en obra colectiva en la hora presente; son factores de identidad que impiden la destrucción de un pueblo. La conciencia social transversaliza todos estos elementos tangibles e intangibles, y actúa como un fortísimo sentido de pertenencia, como un cemento vital que todo une.

El pueblo venezolano ha dado reiteradas muestras de su conciencia social. No será precisamente el agorero pronóstico de derrota, elaborado por la exquisitez de algún “científico social”, a lo largo de diez años y a cinco mil kilómetros de distancia, el que la derribe; ni refinadas campañas mediáticas bien articuladas –y pagadas− las que tuerzan su rumbo. Tampoco el mimetismo traidor que al seno interno trata de frenar, interponer, obstaculizar, la resuelta marcha de un período histórico que avanza encontrando en los poderes creadores del pueblo el antídoto genial para conjurar golpes y paros; para desmontar emboscadas de falsas compañías y cartas bajo la manga de un adversario sin ética; para extraer de las lecciones nuevas fortalezas, y de las lesiones el duro aprendizaje de quien sabe conjugar perdón con memoria. Es la férrea creencia en el pueblo, en su verdad, en su accionar y en su destino, la fuente formadora de la conciencia social.

En un artículo anterior yo apuntaba que la duración del chavismo como período histórico se determinará en los estándares de su eficiencia política y en los niveles de su calidad revolucionaria; en la capacidad de transformar las relaciones sociales de producción y en la formación de la conciencia social. Estos cuatro puntos son necesarios de abrirlos al debate.

Quienes acusan de ideológico el contenido programático de la administración del presidente Hugo Chávez Frías son, paradójicamente, quienes se valen de las fachadas ideológicas, de las elaboraciones ajenas a nuestro arraigo y de la mentira como denominador común, para vender su oferta política, mediante el bombardeo mediático inmisericorde, y la disociación psicótica, como resultante.

Ante ello, es al conocimiento, a la práctica transformadora, a la conciencia social, que debemos acudir para contrarrestar el ataque masivo al que es sometido nuestro pueblo, y al toparse con las murallas de su noción de patria, sus valores, su idiosincrasia y su soberanía, se estrellen los oscuros intereses que pretenden desintegrarlo.